El otro día me dijo una amiga que a veces tiene la sensación de vivir en una especie de Matrix. Atrapada en dos realidades. Una, la que vivimos, la del día a día. La de las hipotecas, los alquileres, los atascos, las chorradas del jefe, la cola del paro, los convencionalismos sociales y los sí quiero que luego son dependes. La otra es la realidad que todos llevamos en nuestro interior. En nuestro coco. La de las cosas por las que somos lo que somos. Habrá quién piense que la primera es la realidad real, valga la redundancia, y que la segunda es el mundo onírico al que todos aspiramos, en el que nos vemos en paraísos terrenales, rodeados por una exuberante naturaleza o en ciudades mágicas con trabajos geniales y siempre de la mano de ese ser ideal que nos complementa. De ese hombre o mujer hecho para nosotros. La realidad irreal. Ella cree que lo verdaderamente irreal es el mundo que nos hemos montado. O que nos han montado, que es peor. El que nos maniata y nos tiene detenidos. La playa de arena blanca y enormes palmeras en la que, sin embargo, estamos encallados. Es mejor tomar la pastilla roja y, como en la película, ver la realidad interior, la de cada uno, y ser así libres para poder ver la realidad de los demás. Solo así es posible conectar con los demás.