El día en que el presidente de la Xunta se calzó las botas de agua

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA/LA VOZ.

AROUSA

Un mapa de las rías gallegas asaetado por chinchetas de colores fue la herramienta utilizada ayer por la directora del Intecmar, Covadonga Salgado, y por la conselleira do Mar, Rosa Quintana, para explicar al presidente de la Xunta cómo se mueven las mareas rojas y, lo que es más importante, cómo se controlan. Alberto Núñez Feijoo escuchó con cara de alumno aventajado, preguntó todo lo que no le había quedado claro, y con una broma gastronómica dio por terminada la clase. Tocaba seguir con su visita al centro de control de Vilaxoán.

Era imposible que el presidente de la Xunta pasase desapercibido: iba compañado por un impresionante séquito formado por cargos de su Gobierno, la alcaldesa socialista de Vilagarcía, los populares Tomás Fole, Manuel Tarrío y Marta Rodríguez, y una nube de reporteros gráficos. Entre esa multitud, Feijoo se sentía cómodo, como en casa. Y esa comodidad contrastaba con los nervios de quienes habían sido escogidos para explicarle como se analizan, por ejemplo, los niveles de toxina amnésica en la vieira. Entre batas y microscopios, el titular de la Xunta apenas tuvo ocasión de demostrar que en las distancias cortas es «galego coma ti». Fue más tarde, en Cambados, donde desplegó ese encanto campechano que los políticos tienen tan bien estudiado.

La llegada de Feijoo al barrio de San Tomé había generado una cierta espectación. Un vecino, alertado por la presencia de periodistas en la zona, llegó subido en su bicicleta con un hoz en la cesta. «Veño de apañar herba, que quede claro», bromeó mirando a los policías que vigilaban. Él fue uno de los que se rindió al presidente nada más asomar del Citroën las botas de agua que se había calzado. Hubo hasta quien reprochó al alcalde cambadés, Luis Aragunde, que llegase con unos pulcros zapatos. «As botas téñoas no coche», replicó el primer edil.

Tras atender a los medios, Feijoo se lanzó a la conquista de las mariscadoras. A las primeras se las encontró sin tener que bajar a la arena. «Presidente, veña a ver», le gritaron. Y ni corto ni perezoso, el presidente se acercó a admirar unos sacos de magnífica almeja. «¿Canto tempo tardou en coller isto? ¿Unha hora? É vostede máis rápida que o AVE», dijo mientras se metía en el bolsillo a las dos mariscadoras. En O Sarrido, liberado de la cazadora, siguió la campaña de conquista.