Ni saben a cuándo se remontan los orígenes marineros de su familia. La última generación de «Os casapos», como se les conoce en el pueblo, sigue fiel a la costera
20 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Casapos
se le llama en O Grove a una especie de lorchos y de ahí tomó el apodo una de las familias de mayor tradición marinera de la localidad. Os casapos aglutinan a muchas generaciones de hombres dedicados a la pesca, y de las tres últimos hay testigos vivos para dar su testimonio. Marcelino Domínguez se ha convertido en el patriarca de una saga que se completa con sus cuatro hijos varones y dos de sus nietos.
Marcelino, con 84 años, ya hace tiempo que no sube a bordo pero sus manos acumulan muchas madrugadas en el mar y mucho oficio con los aparejos. También mucho arte, porque este hombre ha hecho infinidad de maquetas de barcos que adornan bares de O Grove, vitrinas de la familia y que han traspasado O Bao para participar en exposiciones de maquetismo.
Dice Servando que su padre podría contar muchas historias, pero él tampoco se queda a la zaga. Empezó a trabajar cuando tenía solo 12 años. «Antes era así». Su padre lo enroló en el Cazapo -el barco de entonces- porque le hacía falta tripulación. En los años 60, con el bum de la emigración, fueron muchos los grovenses que colgaron las redes para probar suerte en Europa. De modo que Servando y sus hermanos pronto empezaron a saber lo que era el duro oficio del mar.
Los Domínguez no se quedaban en el interior de la ría. Lo suyo es la costera y siguiendo el litoral bordearon toda la costa gallega y llegaron incluso hasta Granada.
Exploradores del mar
«Nós sempre fomos moi exploradores. Con doce anos, eu xa coñecía a costa desde Camariñas a A Guarda. Hai vinte anos éramos os únicos do Grove que ían fóra» recuerda Servando, hasta el punto de que en muchos puertos eran conocidos como «Os do Grove». Con el tiempo, los hermanos se fueron independizando hasta tener sus propios barcos y formar sus respectivas tripulaciones.
El de Servando, el Luciña , sigue atracado en el puerto grovense, de donde parte cada noche para pescar. Esta semana tocó hacerlo en aguas próximas a Corrubedo y no resultó muy próspera. «Estes días estamos indo á merluza e á faneca pero estamos collendo pouco por culpa das correntes», explica el armador.
En el mar no hay nada seguro, quizá por ello cada vez son menos quienes quieren ser marineros. En Cambados han tenido que recurrir a inmigrantes peruanos para poder completar las tripulaciones de los cerqueros; en O Grove no es para tanto «pero xa houbo menos, aquí temos traballando a xente de Serra Leona», indica Servando. Pero los Domínguez siguen fieles a la tradición. Su hijo, que hoy tiene 33 años, lleva más de una década enrolado con él en el Luciña, pero, según el progenitor, es una excepción. «A xente xoven non vai ao mar», afirma.
En lo que a los casapos se refiere, siguen peleando con los problemas del día a día: escasas capturas y la «burocracia» en el mar. «Cada vez a cousa está máis difícil», comenta Servando, «pero eu son mariñeiro de toda a vida e isto non ten volta atrás». «Din que o mar é moi bonito, pero se tiveran que vivir del 40 anos coma min, a xente non o vería tan bonito».
Con todo, en esta familia pueden congratularse de no tener que lamentar ningún naufragio ni incidente grave. Sí hubo sustos, en aquellas noches de niebla, cuando la tecnología aún no había llegado a la navegación, y el patrón no reparaba en que pasaba al lado de un descomunal mercante o una lancha de contrabando les cruzaba por la proa a toda velocidad.
Hubo sustos pero también buenos momentos y un cúmulo de experiencias que, desde el mar, cobran otra dimensión. Ni Meteogalicia ni los hombres del tiempo. «Cando estás mirando para leste desde o mar e ves que os raios do sol, aquí chamámolles raxos, cólanse polo medio das nubes, xa sabes que ao día seguinte vai estar malo», explica el experimentado marinero. Y dice que no falla.