Últimamente, me ha dado por comer mucho. Sobre todo por la noche. Y si es verdad que de grandes cenas están las sepulturas llenas, lo es también que si uno quiere ponerse fondoncillo lo mejor que puede hacer es meterse en cama después de una buena papatoria nocturna. No puedo decir que haya engordado, pero de aquí a nada llega el verano y uno tiene su pequeño orgullo cuando se pone en bañador. Así que he empezado a cenar yogures con cereales y fruta. Para que nos vamos a engañar, te quedas con hambre. Te vas a la cama con un hueco en el estómago en el que cabría uno de esos jabalíes asados en una hoguera que se zampaba de una sentada Obélix el galo. Mi abuelo Juan siempre decía que la mejor dieta es comer en plato pequeño y levantarse de la mesa con un poquito de hambre. A él no le gustaba hincharse. Decía que no era sano. Su filosofía no le valió de mucho. Murió de cáncer de próstata y bastante joven, porque además de frugal era uno de esos hombres rocosos que nunca se quejaba y cuando confesó el dolor era ya demasiado tarde. Pero él tenía razón. Comer mucho no es sano. No es ya una cuestión de estética. Yo he decidido cuidarme más. Y eso incluye someterme a una dieta intensa de felicidad, que eso no engorda y sienta genial.