El otro día vi la película de Sam Mendes «Un lugar donde vivir». Una pareja va a tener un hijo y deciden recorrer buena parte de los Estados Unidos y Canadá en busca del mejor lugar en el que vivir y criar a su pequeño. Buscan en ciudades en las que tienen amigos. Y fracasan en todas por unas u otras razones. Finalmente, acaban en la casa de los padres de la mujer, ya muertos, y en la que nada más entrar identifican su hogar. Lo reconocen al instante y son felices. ¿Qué es lo que hace de un piso tu casa? Es difícil de decir. Desde que llegué a Vilagarcía, me ha pasado un poco lo mismo que a esta pareja. He buscado mi hogar. Un lugar donde vivir. A veces lo encontré, pero he tenido que mudarme muchas veces. Yo creo que en este lado del mundo una casa se hace hogar cuando entras y no hace frío, cuando el silencio no se te clava en el corazón y las paredes no se derrumban sobre tus recuerdos y cuando al abrir la puerta hay alguien que te recibe con una inmensa sonrisa y, a veces, hasta con la cena hecha. Yo soy de los que creo que se puede ser feliz en el infierno y desgraciado en el paraíso, que cualquier lugar es bueno para vivir. Porque lo que hace a un sitio mejor que a otro, a una casa mejor que otra, no es el sitio ni la casa, sino los que viven dentro.