Mi hija Helena gritó ayer al paso de la Cabalgata de los Reyes por Vilagarcía que ella se apellida Melchor igual que el primero de los tres Magos de Oriente. Su ilusión era que él supiera que nosotros somos de su familia. La culpa es mía, que le dije que Melchor era nuestro tío lejano y que con cierta frecuencia me llamaba por teléfono para ver cómo se estaba portando ella. No se puede vivir sin ilusión. Sin ilusiones. Sin ellas, es imposible tener esperanza y sin esperanza la vida se torna tan dolorosa como un camino de clavos ardientes bajo un pie descalzo y desnudo. Es fácil tener ilusiones cuando se es niño, aunque a tantos y tantos el hambre, la guerra y la enfermedad se lo ponen casi imposible a diario. De pequeño, el mundo te ilusiona con facilidad. Un juego, un caramelo o una sesión doble de dibujos animados pintan un inmenso arco iris en tus ojos. Lo difícil es seguir conservando ilusiones a medida que los avatares de la vida te siegan el aire y sientes que la felicidad es solo una palabra en el diccionario. Tan utópica y lejana como igualdad o justicia. La vida no es un camino de rosas. Por ello, hay que aferrarse a cada ilusión como un niño el día de la Cabalgata.