Los setenta, ochenta y noventa fueron tiempos de planeadoras cargadas de cajetillas americanas a toda máquina por la ría; un negocio del que vivieron muchas familias
15 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Por raro que suene, no fue una rubia despampanante sino un rubio el que sedujo a centenares de hombres, de muchos lobos de mar o varones de tierra de la ría arousana, allá por los setenta, ochenta y principios de los noventa. Mientras que en Madrid hace veinte y tantos años se bailaba a ritmo de las estridencias de Alaska y en Ferrol andaban con las revueltas de la reconversión naval, en las comarcas de Barbanza y O Salnés aquellos eran tiempos de contrabando; de las descargas de cajetillas de tabaco americano. Fruto de ello se montó una enorme infraestructura que haría de la ría territorio comanche de una actividad que, a ojos de Juan pueblo, no acababa de ser vista como un escarceo con la delincuencia.
Precisamente, la frase «aquilo non era delito, o tabaco non mataba a ninguén» es lo primero que sale por la boca de los que recuerdan bien cómo se jugaba en aquel parchís del contrabando. Sin tener que hacer mucha memoria, en Barbanza son muchos los que recuerdan cómo empezó todo aquello. Quién traía el tabaco, cómo se descargaba, dónde se guardaba, quién lo demandaba... Y es que, por lo que cuentan, desde bien pronto, el negocio de contrabando estuvo más que estructurado. Era como un puzle con muchas piezas, tantas como las decenas de familias del norte y el sur de la ría cuya economía salía a flote gracias a las noches de descargas. Los recuerdos de voces autorizadas de la época permiten hacer un sencillo croquis.
Parece ser que, durante años, la llegada de la mercancía hasta las aguas de la zona era cosa de dos personas. De dos hombres, ambos de nacionalidad europea, que se encargaban de que un mercante con cajas de tabaco a bordo estuviese disponible para que los barcos o las planeadoras fuesen a por la mercancía.
A partir de ahí, nacía una compleja y ordenada estructura de intermediarios; de nombres que acabaron siendo más que conocidos, algunos por haber dado luego con sus huesos en la cárcel y otros, simplemente, por ser patriarcas de grandes clanes de contrabandistas. Para ellos trabajaban muchas personas. Quienes iban en las lanchas podían sacarse cantidades como 400 o 500 pesetas por caja -cada una traía 50 cartones de tabaco, casi todo Winston, aunque con mínimas cantidades de Marlboro y Camel- y quienes únicamente se encargaban de las descargas en tierra solían quitarse unas 25.000 de las extintas pesetas por velada.
El valor de la palabra
Lógicamente, no se firmaban acuerdos por escrito. Todo era de palabra. Sin embargo, quien sabe del asunto dice que no había engaños. Que pocos negocios son tan serios como aquellos, donde la palabra de un hombre era ley. De hecho, parece que una de las cosas que hizo que la infraestructura montada para el contrabando tuviese más éxito fue el control que los intermediarios tenían de su gente. Nadie se movía sin ser al son de su jefe. Algo que con el paso de los años y la desaparición de algunos nombres claves en el mundo del estraperlo se acabó perdiendo.
Y es que, desde que se empezó hasta su apogeo y declive, las descargas de tabaco sufrieron giros importantes. Uno de ellos tuvo bastante que ver con los métodos. Inicialmente, a por el tabaco se iba en barcos y lanchas de madera. Con el paso de los años y la inyección de dinero procedente de aquel negocio donde Hacienda era el convidado de piedra, la intendencia fue mejorando. Aparecieron las planeadoras potentes, con motores de 100, 200 y hasta 500 caballos. El no va más era una denominada xurela, capaz de viajar casi al ritmo de la luz.
Con la velocidad y la noche como testigos, con los hombres de pasamontañas yendo hacia los mercantes a buscar rubio americano, llegaron también muchos siniestros en el mar. Las planeadoras y sus zumbidos eran como cohetes, su ruido se apreciaba desde casi cualquier rincón de la ría y su paso entre las bateas fue dejando un reguero de siniestros. Eran accidentes de los que, a no ser que trajesen aparejada una gran desgracia, poco llegaba a saberse.
Y es que, durante tiempo, en tierra poco se supo o poco se quiso saber del negocio que estaba levantando la economía de muchos. Dicen quienes lo vivieron en su carnes que la vigilancia, o brillaba por su ausencia o incluso formaba parte del complejo mundo del contrabando. Con todas las letras, hablan de guardias civiles en clave de cómplices y dicen también que, durante años, no se supo nada de las avionetas y helicópteros que luego acabaron complicando las cosas.
Galpones y garajes
De ahí que las descargas, aunque solían hacerse con nocturnidad, se realizasen a lo largo de toda la costa. Primero en los puertos. Más tarde, cuando la vigilancia empezó a pisar algo más fuerte, en playas más escondidas. Aguiño, Corrubedo, A Pobra, Rianxo... Todo el litoral empezó a estar sembrado de zulos, galpones o garajes en los que guardar el rubio que venía de América. A partir de ahí, bares y gentes de toda España se lo llevaban. Parece ser que nunca faltaron clientes. Y que no fue eso, sino la ambición y avaricia de algunos, lo que hizo que se acabase pasando del contrabando al narcotráfico. Pero esa ya es otra historia. Mucho más dramática.