No hubo papeles ni trabajo ni asilo

AROUSA

Entre 1999 y el 2003 llegaron a Vilagarcía cerca de un centenar de subsaharianos escondidos en las bodegas de los buques; solo dos siguen viviendo en la ciudad

03 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Había una ruta paralela a la de los cruceros de lujo; era la de los barcos que llegaban al Puerto de Vilagarcía cargados de madera procedente de los países africanos. Y al mismo tiempo que los anglosajones acomodados se bajaban en el muelle de Pasajeros para visitar la comarca, en Ferrazo, Comboa y O Ramal los tripulantes de los madereros descubrían ocultos en las bodegas otros pasajeros menos afortunados: los polizones que pretendían entrar así en la rica Europa y huir de las miserias de África.

Fue antes de los cayucos, pero la singladura era tan peligrosa o más. Aprovechaban un despiste de los trabajadores que cargaban los barcos en las costas africanas y se colaban en las bodegas, a veces equipados tan solo con un poco de agua; otra veces, sin nada. Se escondían entre los troncos, y algunos, con el calor y los gases que emanaba la madera, perdieron la vida intoxicados. Hay pruebas de ello; en Marín, en el año 2003, fue hallado el cadáver de uno momificado. Otros pusieron en riesgo su salud con tal de quedarse en suelo español, que era siempre su objetivo. En el año 2001, un joven al que amenazaban con repatriar ingirió jabón líquido para obligar a que lo desembarcaran al llegar a Vilagarcía.

Y luego queda siempre la sospecha de los que fueron tirados por la borda en alta mal, como ocurrió en el 2004 con el Wisteria, cuando un marinero se atrevió a denunciar que el capitán había arrojado al mar a tres hombres.

Entre 1999 y el 2003 llegaron al Puerto de Vilagarcía cerca de un centenar de polizones. Sus historias eran muy parecidas. Venían sin papeles, y algunos reconocían que simplemente escapaban del hambre y de la guerra en sus países de origen. Otros, en cambio, alegaban persecuciones políticas para pedir asilo.

Hay varias teorías que explican por qué casi todos ellos eran descubiertos antes de llegar aVilagarcía. La más evidente tiene que ver con la propia ruta de la madera, que casi siempre pasaba por las costas gallegas para hacer escala en el puerto arousano. Pero también se decía que entre ellos funcionaba el boca a boca; que los inmigrantes sabían que en Vilagarcía había un asilo de transeúntes gestionado por Cruz Roja en donde podían permanecer unos meses, y que se les daba cobijo, ropa y comida en tanto no encontraban un trabajo.

Los últimos

Fuera por lo que fuese, la oleada de polizones registrada esos cuatro años no volvió a repetirse. El último caso del que se tuvo constancia en Vilagarcía data del 2005, cuando a bordo de las bodegas de un buque fueron descubiertos tres ciudadanos marroquíes. Pero ni siquiera se les permitió pisar tierra; fueron directamente repatriados a su país.

De la misma manera que se especula con las razones por las que llegaban, se puede ahora elucubrar sobre los motivos por los que dejaron de hacerlo. Se dice que el endurecimiento de los controles tienen mucho que ver, porque a los armadores se les podía multar hasta con 120.000 euros por llevar polizones a bordo, lo que obligó a las compañías a extremar la vigilancia en los puertos de origen. El hecho de que cerrase el albergue de la Cruz Roja en Vilagarcía pudo tener que ver también como efecto disuasorio, al menos como destino preferidos de los indocumentados.

Al principio intentaban estabilizarse en Vilagarcía. Siempre bajo el paraguas de Cáritas y Cruz Roja, alquilaban un piso juntos y trataban de buscar trabajo y salir adelante. Pero después de muchas peonadas sin continuidad, la mayoría tuvo que ponerse el petate al hombro y marchar hacia el sur, a trabajar en los grandes invernaderos.

Algunos llaman por teléfono

Marian, que lleva muchos años trabajando con ellos en Cruz Roja, reconoce que a la mayoría se les perdió la pista, «aunque hay algunos que a veces llaman para decir cómo están». Con dos excepciones; un ciudadano de Ghana que llegó en los primeros barcos y otro de Nigeria que desembarcó como polizón meses después. Los dos siguen viviendo en la ciudad, y los dos están perfectamente integrados, trabajando en la construcción. Pese a esa independiencia, siguen en estrecho contacto con la oenegé, a cuya sede siguen acudiendo con asiduidad.

Son las dos caras más amables de la inmigración ilegal. Al otro lado de la balanza está el caso de Daonda Touré, uno de los polizones que solicitó asilo en Vilagarcía. Natural de Guniea, arribó al puerto en el 2001, pero no fue hasta finales del año pasado que la burocracia le dio el veredicto: como a la mayoría de sus compañeros, la solicitud se le rechazó. Él alegó en su día sufrir la xenofobia que imperaba en su país, pero el Tribunal Supremo falló en diciembre que no había motivos suficientes para considerar que el joven fuese víctima de persecución personal ni en Guinea Conakry ni en Costa de Marfil, países en los que había vivido.

Es uno de los casos con nombre propio, cara y una historia detrás que contar. Pero no es una historia original. Desgraciadamente, casi todos los polizones vilagarcianos acabaron como Daonda. Sin papeles, sin trabajo, sin asilo. Europa no era un sueño, era una pesadilla.