Mientras el bipartito e IU se sumen en dilemas existenciales, los conservadores de Tomás Fole aprovechan sus fisuras para apuntalar su posición como alternativa
02 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.A partir del pleno del jueves, Vilagarcía se adentra en el escenario al que cualquier observador de la izquierda más podía temer a raíz de los resultados del 27-M y la configuración de un gobierno bipartito en minoría: las tres formaciones zurdas propinándose navajazos mientras el Partido Popular de Tomás Fole se frota las manos y juega sus cartas para presentarse ante la ciudadanía como una alternativa clara y responsable a la hora de gestionar la capital arousana en cuanto las urnas pasen su próxima factura.
La estrategia de socialistas y nacionalistas de apostar por IU como socio preferente a la hora de solventar los cogollos de la política ha conducido a Ravella a un callejón sin salida. Algo de lo que unos y otros se culpan recíprocamente. A estas alturas del partido, está meridianamente claro que los de Juan Fajardo no están interesados en gobernar a no ser que se produzca un giro copernicano en la línea que sigue el bipartito. Lo malo es que, que se sepa, nadie conoce exactamente en qué consiste esa mudanza que demanda IU o qué tendrían que hacer PSOE y BNG para contar con su respaldo.
La planificación empieza a fallar incluso por la parte que corresponde a la topografía. En el pleno del jueves, el portavoz del grupo de gobierno, el socialista Marcelino Abuín, se sentaba a distancia astronómica del teniente de alcalde, el nacionalista Xosé Castro Ratón , e incluso de la alcaldesa, su compañera de filas Dolores García . No es extraño, así, que para debatir cualquier propuesta, en este caso una del PP, la sesión tuviese que suspenderse para que los gobernantes pudiesen intercambiar opiniones. Un cambio de asiento es, pues, preceptivo.
Situación de máximo riesgo
La coalición llegó al salón de plenos en una situación de riesgo. Los conservadores reprochan, y muy especialmente al BNG, la ruptura del acuerdo institucional que, con respecto a las liberaciones, alcanzaron en el 2003 18 de los 21 concejales de aquella corporación y que incluía dedicaciones exclusivas para la oposición. Si bien sería deseable una cierta continuidad de tales cuestiones, para evitar precisamente debates cada cuatro años, no es menos cierto que el cambio de criterio es legítimo.
Que los salarios se limitasen al grupo de gobierno era uno de los requisitos que Fajardo ponía para llegar a un acuerdo, y también convencía a los socialistas. No tanto al BNG, que desde el principio se mostraban dispuestos a abrir el abanico hacia la derecha. Prosperó, al fin, el criterio del socio mayoritario y comenzó una negociación que tuvo en José Luis Rivera a una especie de colchón que tampoco funcionó.
Y es en este punto donde las críticas comienzan a acerarse. Descartar el acuerdo del 2003 es completamente viable, pero siempre a condición de contar con un modelo alternativo sólido. En otras palabras, bien está dejar de lado al PP y apostar a fondo por la izquierda siempre que uno llegue al momento de la verdad, o sea, al pleno, con el apoyo garantizado de los tres concejales que lidera Fajardo. Esto, sin embargo, no fue así.
IU tiene representación en el Puerto y en Fexdega, un gesto por parte del bipartito. Pero esa cesión no ha recibido contrapartidas. Éste es el principal reproche que surge desde el seno de los grupos socialista y nacionalista con respecto al proceso de negociación. Fajardo no se ha comprometido a nada en el juego político. «Ni siquiera -anota un dirigente del puño y la rosa- a abstenerse con respecto a los presupuestos para dejar fuera de juego al PP, algo que se les pidió, incluso en el pleno, y a lo que se negaron». La gente de IU afirma tener buenas y coherentes razones para adoptar tan firme posición. El problema para los tres portavoces de la izquierda es que, mientras unos y otros se debaten en un dilema hamletiano entre gobernar o no gobernar, negociar o no negociar, quien se lleva el gato al agua es el rival.
El del jueves fue el mejor pleno de Fole. Permanentemente asesorado por Teresa Rey , el conservador exprimió una a una las fisuras que, no sólo el gobierno, sino también el grupo de Fajardo en su relación con el bipartito, iban exhibiendo. Su triunfo no consistió en colar una moción y surgir como garante de estabilidad frente al berenjenal del barrio político de enfrente -eso queda bien para la galería- sino en aprovechar el camino hacia ninguna parte en el que sus tres contrincantes se metieron de cabeza solitos. Aislar al PP es viable, siempre que la necesidad de llegar a acuerdos sea un principio irrenunciable para PSOE, BNG e IU. Hacerlo sin tener esto garantizado supone bailar con la temeridad. Entretanto, el discurso de Rivera como muleta, con el que Fajardo tanto fustigó a Gago , saltó hecho añicos. Tal vez lo único positivo que el bipartito extrajo de la sesión.