ENTRE LÍNEAS | O |

04 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

SI HAY ALGO de lo que me siento orgulloso en mi vida es de los amigos que tengo. Muchos están lejos. Viven en Madrid, Granada, Asturias y en otros lugares. La verdad es que mantenemos un contacto difuso, basado en los correos electrónicos, los acontecimientos sociales que nos unen -bodas y bautizos, mayormente- y algunos días en Navidad o verano. Sin embargo, cada vez que nos llamamos por teléfono, cada vez que nos vemos, es como si el día anterior hubiésemos estado juntos. Como cuando éramos estudiantes y todos vivíamos en el barrio. Aquellos días felices de universidad y partidas de mus. De veranos en la ciudad porque no teníamos dinero para salir de vacaciones. Mi madre, que es como una enciclopedia con patas de las cosas que de verdad importan, siempre dice que los amigos son como una hoguera, a la que hay que echarle troncos si no quieres que se apague. Pero la buena amistad es la que se forja con troncos de roble, gruesos y de combustión lenta, que no necesitan de la llama fácil y del chisporroteo estruendoso para seguir calentando.