CON GOTAS | O |
29 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.HAY muchas maneras de hacer. Pero, sobre todo, hay demasiadas maneras de deshacer. Destruir suele comportar mayor facilidad que construir, especialmente si el ideal destructivo se asume hasta sus últimas consecuencias. Los protagonistas del lamentable estado que padece la política española tal vez no sean demasiado conscientes de lo que tienen entre manos. Es posible que los dirigentes del PP estén convencidos de que su estrategia de acoso y derribo a ultranza sólo tiene como meta su retorno al poder. Tampoco es improbable que los próceres socialistas adopten esa extraña actitud de indecisión de la que hacen gala llevados por la mera obsesión hacia la opinión pública. Pero los resultados de sus actos o de la ausencia de los mismos van mucho más allá de tales planteamientos simplistas. La gaviota invoca las potencias más sórdidas de la España negra; azota sin desmayo ámbitos que sólo responden ante las entrañas, jamás ante la reflexión, tópicos, fantasmas y profecías apocalípticas que se autocumplen -aquí las bombas de la T-4- o no llegan siquiera a entreverse -allá la España rota-. Nada hay de malo en la crítica legítima a la acción de gobierno. Sí lo hay, en cambio, si se plantea sin la necesaria precaución hacia los pilares del Estado democrático -los poderes ejecutivo, legislativo y judicial-, que no importa socavar sin aportar alternativa alguna más allá de los cantos a un pasado inviable. Mientras, el puño y la rosa contemporiza y medio calla, como aceptando que frente a un gobierno emanado de las urnas se levante un contragobierno nacido de la frustración. Ni siquiera la constatación de una chapuza de la envergadura de la Vía do Salnés es capaz de suscitar un armisticio por la salud política de los ciudadanos. Incluso aquí se encuentran argumentos para engordar este nihilismo que nos llevará a no creer en nada. Y a actuar en consecuencia. Cuando lo vean, tal vez sea tarde.