ENTRE LÍNEAS | O |
13 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.LOS CURRÍCULUMS valen para poco, porque reflejan los colegios y las facultades a los que fuimos, pero rara vez recogen los lugares que de verdad nos enseñaron cosas. Cuando llegué hace catorce años a Vilagarcía me alojé en el Garabán, una por aquel tiempo concurrida pensión y casa de comidas que regentaba la señora Gloria, una de las mejores personas que he conocido nunca. En el Garabán mi yo universitario y niño de mamá se encontró con la dura realidad. Vivir lejos de casa, sin comodidades, tener que trabajar para pagar el sustento y no tener más que un armario, una cama, un baño compartido y, eso sí, el cariño de la señora Gloria, de su ayudante Pili y de sus hijas. El Garabán lleva unos años cerrado y buena parte de lo que fue su comedor ahora lo ocupa un bar recientemente inaugurado. Cuando me tomo un vino en ese local siempre recuerdo los buenos ratos que pasé en aquella pensión. Allí, aunque suene cursi, me hice un hombre. Porque, además de comida y cama, me dieron la dosis de realidad necesaria para abandonar la niñez.