Pura humanidad

AROUSA

NO CONOCÍ a Jesús a través del fútbol. No lo traté demasiado. Pero el año pasado nuestros caminos se cruzaron en el colegio Xulio Camba, que dirigía. Ángel, un chaval de diez años, padece una parálisis cerebral intensa y su situación familiar no es precisamente un lujo. Lo poco que había logrado aprender, los escasos hábitos que su mente podía interiorizar y reproducir, fueron fruto del esfuerzo del profesorado del centro vilanovés. En un momento dado, su madre, Pilar, cayó enferma y vio su puesto de trabajo -cuidaba a una anciana- en el aire. Ninguna institución especializada pública quiso entonces hacerse cargo de la escolarización del niño. Como mucho, se le ofreció una plaza residencial en una entidad coruñesa. Ángel no recibió una sola clase en cuatro meses. Necesitaba relacionarse y aprender. La burocracia dirigió el proceso hacia un embrollo interminable de disculpas. Jesús recurrió a un último cartucho: la prensa. Hablamos. La historia del pequeño fue publicada. Dos semanas después, Educación solucionaba el entuerto. Ellos nunca lo supieron, pero una mujer y su hijo deben la resolución de un problema vital de primer orden a la preocupación de Jesús Sánchez. Algo así no se hace para recibir una palmada en la espalda, no hay recompensas ni aplausos. Se hace porque tiene que hacerse. Porque es lo que debe hacerse. Pura humanidad. No conozco definición capaz de ilustrar mejor la integridad de una persona.