AREOSO | O |

05 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EN UN RÉGIMEN liberal aspirar a ser rico no es delito alguno, más bien resulta lógico, comprensible y hasta puede que sano. Hay un anuncio en la tele de un roquero que canta en contra del capitalismo y luego conduce no sé qué coche de gama alta -o media, yo qué sé-. Ni siquiera hace falta buscar ejemplos en la ficción, ya lo hizo antes Alejandro Sanz. Uno puede llegar a rico de muchas maneras. Trabajando con ahínco, valiéndose de su inteligencia, dedicándose a negocios ilícitos pero rentables, ganando la lotería o heredándolo de su familia. Éste último es el caso más cómodo, porque el millonario ya viene aprendido de la cuna y no tiene que hacer un máster apresurado, como el afortunado en juegos. Pero incluso esto de la riqueza es relativo. Una familia de las que tiran con mil euros al mes se sentirá rica el día que pueda acceder a una hipoteca de por vida por un pisito de noventa metros cuadrados. Sin embargo, estos días seguro que Amancio Ortega se siente pobre y envidia la riqueza del amo de los galácticos. Yo soy rica si me comparo con algunos amigos y paupérrima si lo hago con otros. Hay quien entiende que el reparto de riqueza empieza por el tejado y exige que todos nazcan con un kart debajo del brazo y tengan derecho a vacaciones subvencionadas en la nieve. Hay otros más ilusos que creen que es posible acabar con la pobreza en África. En todo caso, como los ricos existen y no todos se merecen la cárcel, lo mínimo que se les puede pedir es que respeten a los que no lo son tanto. Aunque algunos no lo crean, no todos los pobres son vagos o cortos de entendederas. Los hay inteligentes y trabajadores. Los hay incluso que simplemente no tienen ambición alguna, que ya hay que ser raro. La persona a la que yo más admiro ni siquiera tiene carné. Es mi abuelo. Ahora, con más de noventa años, para él un plato de lentejas es un banquete.