Reportaje | Voluntariado en la comarca de Arousa La cambadesa de 21 años Beatriz Alfonso conoció de cerca la miseria de Latinoamérica participando de voluntaria en una expedición para Dentistas sin fronteras
24 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?asta hace tan sólo un mes, para Beatriz Alfonso, Nicaragua era un país sólo conocido a través de la televisión y de la prensa. Beatriz es de Cambados y estudia el último curso de Odontología. Un folleto en la facultad le abrió las puertas a una nueva experiencia y a una nueva realidad, la de ser voluntaria en un país donde la miseria se palpa en las calles. «Decidí ir por una revista sobre voluntariado que vi en la facultad. Era una buena forma de hacer prácticas y de ayudar a gente que lo necesita», recuerda Beatriz. Con la ilusión de una niña con zapatos nuevos y con la intriga de conocer un nuevo lugar, Beatriz se subió al avión el 17 de agosto. El viaje no era gratis, se lo pagaron sus padres. Al otro lado del charco le esperaba un largo mes en un país donde las deficiencias materiales y sanitarias están a la orden del día. «Es un país con mucha miseria, existe mucho contraste entre ricos y pobres. Nosotros dormíamos en una casa vieja que era peor que cualquiera de las peores en España. En la misma casa vivíamos 30 personas con un solo baño para todos», declara Beatriz. El pequeño espacio no impidió que, entre los treinta voluntarios, se forjase una auténtica amistad y un ambiente de trabajo y respeto. Trabajo itinerante Ser dentista voluntario en un país como Nicaragua implica desplazarse continuamente. El trabajo para Beatriz y para sus compañeros estaba en aldeas en las que la comunicación era paupérrima y donde el agua y la luz sólo funcionaban de una a siete de la tarde. «Nuestra casa estaba en Granada, pero cada semana nos íbamos a otros pueblos pequeños a realizar nuestro trabajo», apunta Beatriz. «Las comunicaciones eran muy malas, teníamos que desplazarnos en camión y las distancias entre un pueblo y otro eran enormes», narra la cambadesa. Allá donde iban eran bien recibidos. «Nosotros llevábamos generador y eso era un lujo en lugares como aquellos», recuerda Beatriz. El equipo de Dentistas sin Fronteras aportaba parte del material a sus voluntarios, pero aún así las condiciones eran malísimas. «Estuvimos en pueblos donde no había ni luz ni agua; las casas eran auténticas chabolas». De hecho, la gente vivía de ganadería y de agricultura de subsistencia, en lugares donde la comunicación es inexistente. La miseria llegaba a tal extremo que, en muchos hospitales, se quedaban sin luz en medio de una operación. El material que Beatriz y sus compañeros utilizaban en su trabajo diario era todo un lujo comparado con los instrumentos de las pequeñas y pobres clínicas nicaragüenses. No todo fue mísero y pobre en Nicaragua. Beatriz admite que «aprendí muchísimo». La joven se empapó de la cultura de la gente del lugar y pronto aprendió a convivir con menos cosas de las que estaba acostumbrada en su vida diaria. Ayuda sin fronteras En lugares en los que el dinero escasea, una ayuda, por pequeña que sea, es concebida como un milagro. Beatriz cuenta que, en una de las ciudades de Nicaragua, «había un danés multimillonario que invertía su dinero en ayudar a los pobres. Era increíble. Hacía lo posible para ayudar a todos». La joven dentista no aportó dinero, pero sí su aprendizaje en Odontología para prevenir enfermedades dentales y ayudar a curar muchas bocas. El trabajo no era fácil. Cuenta que la gente del lugar era muy reticente a hablar con los voluntarios acerca de sus enfermedades. Ante las preguntas, permanecían en silencio y sólo abrían la boca durante el examen. «Especialmente realizábamos extracciones y empastes. Teníamos anestesia y el material era mínimo, pero cumplía las funciones básicas», recuerda la joven. Un empaste en un país en el que, un gesto así, es valorado más que nada. Nicaragua se convirtió para Beatriz en un país lleno de intrigas y sorpresas. «Allí todo me llamaba la atención. Era una sociedad muy machista. Las mujeres no trabajaban y las niñas tampoco querían hacerlo en el futuro. Sólo en las grandes ciudades encontrabas a alguna que había estudiado una carrera», afirma. «Había dentistas, en las ciudades, pero no tenían clientes porque nadie podía pagárselo», continúa la joven. El 17 de septiembre Beatriz emprendió el camino de vuelta a casa. «No quería volver, aquello me gustaba», declara. A pesar de haber tenido que comer durante cuatro semanas arroz con frijoles y comida pobre e insípida, Beatriz define la experiencia como «lo mejor que he hecho en mi vida hasta el momento». A la cambadesa le han quedado ganas de volver. «Si mis padres me lo pagan, volveré sin pensarlo. El próximo destino puede que sea Senegal», afirma con una sonrisa.