Análisis
17 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.?l ambiente está que arde en el seno de la Mancomunidade do Salnés. El jueves pasado, el alcalde de Vilanova, Gonzalo Durán, evitó una seria bronca por parte de sus homólogos en la comarca a través de una simple receta: no acudir a la cita de la comisión ejecutiva, ausencia que, por otra parte, constituye una costumbre muy asentada en el regidor vilanovés. No hay arcas que aguanten deudas como las que los concellos de O Salnés en general, y Vilanova muy en particular, infringen a los servicios comarcales. Y el precario equilibrio en el que la mancomunidad se viene manejando desde su creación parece ya agotado. Jorge Domínguez recibió de su antecesor, Cores Tourís, un regalo envenenado: la gestión de un organismo condenado a transformarse radicalmente para no naufragar en un gigantesco agujero económico, que podría arrastrar con él en su caída a varios munícipes arousanos. El informe que el Consello de Contas publicó el verano pasado sobre la forma en la que el organismo saldaba sus cuentas, y que se detenía en el ejercicio del 2003, fue demoledor. Ni en el 2000 ni en el 2001 hubo contabilidad ni control de la ejecución del presupuesto prorrogado. La última liquidación presupuestaria corespondía a 1999, pero no constaba su aprobación por el presidente, entoces Tourís, ni el informe de la Intervención municipal. Se incumplió reiteradamente la obligación de rendir las cuentas generales de la mancomunidad y existía una deuda de casi 185 millones de pesetas, la mayoría del Pomal 1, que no había sido reclamada a los ayuntamientos. Algunas correcciones ya están en marcha. Y, entre ellas, Domínguez parece decidido a hacer caso de la recomendación del propio Consello de Contas: la de dirigirse a la Xunta para retener los fondos del municipio moroso. El futuro de todos lo exige.