AREOSO | O |
09 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.UNA NO TIENE nada contra el deporte, todo lo contrario. Por lo general, no hay como sudar un poco antes de ir al trabajo para soportar mejor los sinsabores de la jornada, y está más que demostrado que los chavales que pasan su tiempo libre en los polideportivos caen menos en vicios confesables que los que ya con doce años matan el día en la puerta de los salones de juegos recreativos. Pero el deporte en un gimnasio o en un campo de fútbol nada tiene que ver con el deporte televisado como fenómeno de masas. Y es esa fiebre la que acaba provocando que Madrid ya no viva para otra cosa que para conseguir los juegos olímpicos del 2012 al precio que sea. Y el precio debe de ser muy alto: ampliación del metro, no sé cuántos complejos deportivos, tres estadios en torno al Manzanares y otras muchas inversiones pagadas con los dineros de todos. Cuando Vilagarcía aspiró a ser la sede de los deportes náuticos de esas olimpiadas se le echó en cara que no tenía un proyecto serio para conseguirlo. O sea, que no se había gastado los cuartos. Madrid sí lo hizo. Porradas de millones invertidos en un sueño del que nos puede despertar un día una pesadilla que lleva por nombre París. Castillos en el aire. Y después, ¿qué?