AREOSO | O |
08 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.IMAGÍNESE, tiene un chaval vago. De estos que por no moverse a cambiar la televisión (si su hogar es de sueldo mínimo, con caja tonta sin mando a distancia) se chupa dos horas de La botica de la abuela o por no mirar la guía llama a teléfonica para saber un númerillo. Pues bien, como en los chistes, le pueden pasar varias cosas. Primeramente, que su amor a la nugalla le prive de unos estudios que bien podía sacar. Un trabajo de albañil, fontanero o semejante hará que todas las jornadas jure en hebreo e intente escaquearse a base de bajas y períodos de paro. Puede pasar que empariente con una ricachona; una vida de lujo a base de sofá y yate, pero sin un durillo (son de ella) para un agua mineral. Pero póngase en el caso, se curra unas oposiciones de funcionario. Bingo. Sus días como vago se verán ampliados hasta la jubilación. Uno más. O uno menos a currar, porque en la administración muchos de sus trabajadores pagan el pato de estos hijos de la vaguería. Si su retoñito es de esos, enséñele sólo geografía pura y dura por si va para funcionario. Ya sabe, necesita saber decir «mejor vaya al piso de arriba», «igual tiene que ir a otro edificio», «quizás se lo arreglen en otra ciudad», para despistar y cabrear a todo hijo de vecino.