AREOSO | O |
16 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.ES LO BUENO que tengo: todos los días logro sorprenderme con algo. A veces los descubrimientos que realizo me hacen reir, aunque en ocasiones sea solo para no llorar. Precisamente para esquivar las lágrimas, el otro día decidí tomarme a cachondeo uno de los grandes descubrimientos que han realizado últimamente los técnicos de la Consellería de Pesca: que el berberecho, cuando la salubridad es baja, se levanta y no camina -como habría hecho Lázaro- sino que se deja arrastrar por la corriente hacia un lugar mejor en el que instalarse y buscar un futuro digno. La emigración del berberecho debía de ser todo un notición, porque en la nota de prensa enviada por Pesca estaba más que destacado. Pero, vaya, vaya, resulta que esa extraordinaria costumbre del bivalvo es tan antigua como el bicho en sí mismo. Y conocida por los hombres y las mujeres de la costa «desde que son nenos de teta» según me comentaban algunos. Ese hecho me ha infundido un miedo terrible, porque he tomado conciencia de que vivimos en un mundo en el que las cabezas pensantes descubren tarde lo que la gente corriente sabe mucho antes. Ejemplos: todos los manifestantes contra la guerra de Irak sabíamos que allí no había armas de destrucción masiva. Pero Bush y Blair lo acaban de descubrir ahora, tras masacar a los hijos de la antigua Mesopotamia. Me dirán que el ejemplo está usado, tanto como el de la marea negra que no existió. Pero aún hay más. Resulta que el Fiscal General de la Audiencia Nacional, el señor Funguairiño, se enteró ayer de lo de la furgoneta de Leganés, ya saben, la de las pruebas que apuntaban a que el 11-M olía a oriente radical. Dice que no sabía nada porque no lee los periódicos «por higiene». Sólo ve los documentales de la BBC. Cualquier día se entera allí de lo del berberecho migrador.