CON GOTAS | O |
17 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.QUE SE SEPA, ningún fenómeno astronómico conocido es capaz de teñir de azul el anochecer. Sin embargo, el sol sangrante que el miércoles se acostaba detrás de los montes del Barbanza lo hacía entre nubes de un enfermizo color azulado. ¿Hay una explicación para semejante rareza? Por desgracia sí; el inexplicable suicidio al que, con insistencia casi matemática, se dedica el gallego en cuanto los anticiclones le regalan tres días sin llover. El calor estival es sinónimo de incendio forestal. El olor a eucalipto chamuscado se ha instalado tan profundamente en la memoria sensorial de un servidor que ya forma parte de esos recuerdos involuntarios de la infancia, que a uno le asaltan en los momentos más inesperados. Lamentable pero cierto, el humo permanece ahí guardado, en algún lugar entre las neuronas, en el mismo cajón que el aroma de las tostadas del domingo o el sabor dulce del vino quinito. Conseguir algo así es fruto del trabajo taimado de dos tipos de personas. El ignorante y embrutecido animal que destruye el futuro de todos con el facho en la mano y el desgraciado mercader al que las llamas dan dinero. ¿Hasta cuándo deberemos soportarlos?