Crónica | El parque de Celso Emilio Ferreiro La presión policial acabó con los intercambios furtivos en los jardines del Doctor Fleming, pero su herencia se conserva intacta en un nuevo emplazamiento junto al río de O Con
23 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Desde que Al Pacino saltó a las pantallas con la cabeza enterrada en una montaña de cocaína, la cultura gringa se ha desvelado como una fuente inagotable de inspiración barriobajera. Los interminables iconos yanquis suelen tener su traducción más o menos paleta en las ciudades de medio mundo. Y Vilagarcía no es excepción. A la decena de chavales -en ocasiones quince, a veces algunos menos- que han convertido el parque de la confluencia entre las calles Ramón Cabanillas y Celso Emilio Ferreiro en su segundo hogar les gusta referirse a este espacio como el Bronx, trasunto imposible y garrulesco del conflictivo barrio neoyorquino. Puestos a escoger, Vallecas está cultural, geográfica y sentimentalmente mucho más cerca, pero aquella estanquera de la película, que empleaba a una virginal Maribel Verdú y caía embrujada por los atracadores, es prehistoria ignota para los alevines de tiburón de nuestros días. Los setos y matojos que hicieron de los jardines del Doctor Fleming un paraje ideal para el traspaso furtivo de mercancías y el consumo de sustancias prohibidas fueron desalojados poco a poco por la presión de los vecinos y la vigilancia policial. Su herencia se conserva tres o cuatro calles más abajo, dejando el instituto a un lado, a la orilla del río de O Con. La cantera de la calle El lugar es agradable, un parque infantil con arbolado, bancos y la presencia refrescante del río. Así no resulta extraño que la pandilla lo haya adoptado como epicentro de sus vidas. Hay días en los que se tiran toda la mañana y toda la tarde, fumando alegremente sus catorce, dieciséis, dieciocho o veintipico años. Pero lo bueno llega en las noches del fin de semana. Entonces sí está animado el cotarro. De esta cantera procede el tipo de 17 primaveras que utilizó la calle del ambulatorio y el Castro Alobre, repleta de gente, como una pista de entrenamiento. Le llaman el Bronx y están orgullosos de escenificar un burdo reflejo boinífero de lo que nunca llegarán a ser. Penoso.