Crónica | Manuel Fraga replicó con una encendida defensa del Plan Galicia a la reivindicación de Javier Gago de un mayor compromiso institucional con Vilagarcía durante la inauguración del edificio Cinco años es mucho tiempo para según qué cosas. De los tres impulsores del proyecto en 1998, sólo uno, el alcalde, sobrevive en el cargo. Claro que el munícipe tiene buena memoria
29 oct 2003 . Actualizado a las 06:00 h.? caballo entre los siglos XIII y XIV de nuestra era, el monje inglés Guillermo de Ockham revolucionó el pensamiento medieval, preñado de abigarradas figuras teológicas, con su famoso principio de economía. El teorema, popularizado bajo la denominación navaja de Ockham, venía a decir algo así como que no es necesario multiplicar alegremente el número de entidades para explicar la realidad. En otras palabras, el filósofo hizo limpieza al recomendar la búsqueda de la explicación más sencilla en lugar de complicarse la vida con extrañas divagaciones. En los albores del siglo XXI, el presidente de la Xunta, Manuel Fraga, maneja con singular destreza su particular navaja de Ockham desde el finesterre peninsular. Una inauguración puede resolverse cuanto antes sin menoscabar la dignidad del acto. Vilagarcía había esperado cinco años desde la firma del convenio que marcó su nacimiento, y dos desde el inicio de las obras, para estrenar su auditorio. El titular de San Caetano solventó el evento en media hora. Haciendo honor a la fama que le precede, el presidente llegó al emblemático edificio con cinco minutos de antelación. Recorrió el vestíbulo con inusitada ligereza mientras escuchaba las explicaciones del autor del diseño, el arquitecto César Portela, y reparó un instante en la escultura que el cambadés Paco Leiro soñó para el impresionante recinto vilagarciano. Todo ello en tiempo récord. El regidor abrió el fuego Se equivocaría quien pensase que el acto careció de profundidad a raíz del buen ritmo al que se desarrolló. Cierto es que sólo dos discursos sellaron la jornada inaugural. Pero tanto las palabras de Javier Gago como las del presidente de la Xunta guardaban la suficiente miga como para contentar al medio aforo -alrededor de trescientas personas- que se dio cita a la sombra del cubo de pizarra ideado por Portela. El regidor vilagarciano apeló a la larga tradición cultural de la capital arousana para cimentar la idea de que el auditorio no ha caído en la ciudad por casualidad. Glosó las numerosas asociaciones e infraestructuras culturales de las que el Concello se ha dotado prácticamente en solitario -primera pulla- y puso a Caixanova como ejemplo de patrocinio, reclamando tanto a la Xunta como a la Diputación -Rafael Louzán, le acompañaba en la tribuna- su implicación efectiva en la programación cultural de Vilagarcía. Ni más ni menos que lo que sucede en muchos otros concellos gallegos, la mayoría de menor entidad. Fraga tomo el relevo y cerró la tarde. Lo hizo con habilidad, utilizando el auditorio como plataforma para defender la modernización de Galicia bajo su mandato y, sobre todo, el Plan Galicia, llamado, dijo, a culminar su trabajo al frente de la Xunta. Con todo visto para sentencia, el presidente partió raudo. Había llegado a las 17,25 horas. Se fue a las 17,55.