Crónica | La infame ejecución del contraalmirante Antonio Azarola, enterrado en Rubiáns El asesinato del jefe del Arsenal de Ferrol es un ejemplo de salvaje venganza. Fue ejecutado por querer evitar una masacre. Queipo de Llano lo celebró en la radio
07 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.?l general Gonzalo Queipo de Llano, que dirigió el Alzamiento fascista en Andalucía y fue ascendido a teniente general pese a sus malas relaciones con Franco, bregó también como pionero de la propaganda radiofónica en tiempo de guerra. Experto en fustigar al bando republicano con sus charlas diarias desde Radio Sevilla, Queipo resumió con toda crudeza cuál era el espíritu que animaba las depuraciones de militares republicanos. Lo hizo el 7 de agosto de 1936, apenas tres días después del fusilamiento del contraalmirante Antonio Azarola, jefe del Arsenal de Ferrol, cuyos restos descansan hoy en el cementerio de Vilagarcía. La ejecución, digna de figurar en una antología de la infamia, fue comentada de la siguiente guisa por el dirigente fascista: «Se verá que nosotros no fusilamos sólo a un sargento Vázquez o a algún soldado, nosotros fusilamos a las gentes por altas que estén, siempre que hayan faltado a su deber... Los del otro bando sufrieron el castigo merecido». Antonio Azarola Gresillón mandaba, efectivamente, el Arsenal ferrolano el 20 de julio de 1936. No participó en las conjuras de muchos de sus compañeros para derrocar a la República. En su obra El Alzamiento de 1936 en Galicia , Carlos Fernández se hace eco de las palabras que se atribuyen al contraalmirante cuando le intentan convencer de que se sume a la rebelión: «No saben en lo que se meten al colocarse en esa actitud... Lo que se busca como remedio será causa de sucesos sangrientos». Azarola buscaba una neutralidad que evitase la masacre. No lo consiguió. Fue detenido y sometido a consejo de guerra de inmediato, el 3 de agosto. El contraalmirante recordó que, al proclamarse la República, optó por continuar con su carrera militar en lugar de acogerse a la Ley Azaña -que le hubiese permitido un retiro voluntario- y que, por lo tanto, había prometido acatar el régimen legalmente constituido. Recordó también su trayectoria como Ministro de Marina en el Gobierno del pontevedrés Portela Valladares y declaró su fe católica. Si se mantuvo al margen de la rebelión franquista, argumentó, fue para intentar impedir el derramamiento de sangre. De nada sirvió. A las seis y media de la mañana siguiente, fue fusilado en el cuartel de Dolores, en Ferrol, acusado con lamentable cinismo de «abandono de destino contra sediciosos y rebeldes». Murió con un crucifijo en las manos.