De la paciencia a la desesperación

Maruxa Alfonso Laya
M. Alfonso VILAGARCÍA

AROUSA

VÍTOR MEJUTO

Al conocido arenal de la Costa da Morte siguen llegando pequeñas manchas de fuel

14 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

«Nosotros creemos que es mejor no utilizar material como rastrillos para sacar el chapapote de la arena porque se daña», explica la coordinara de Adega minutos antes de que su grupo de voluntarios llegue a la playa de O Rostro, en Fisterra. Unas veinte personas conforman el equipo que a las once de la mañana llegaba al pabellón de deportes del municipio para recoger el material y desayunar antes de empezar. «Es mejor que comais algo ahora, porque después no vamos a parar para comer hasta que no terminemos», informa la encargada. Al llegar a la playa lo primero es colocarse los equipos: enfundarse guantes, ponerse las gafas y las mascarillas y, tras recoger un par de capachos, ir andando por la playa hasta la zona manchada. Tarea fácil si no fuera porque todos vamos excesivamente abrigados, asustados por el frío que hace estos días, vestidos con enormes trajes de aguas y pesadas botas que hacen que muchos se agoten antes de tiempo. El sudor empaña las gafas de plástico y la mascarilla se convierte en una pesada bufanda que impide respirar correctamente. Por eso al comprobar que en la playa donde van a trabajar no hay grandes manchas, muchos son los que prescinden de tanta medida de seguridad. El trabajo de hoy no es sencillo: hay que tirarse en la arena a recoger minúsculos restos de fuel. «¿É que nadie ten unha peneira?», pregunta un voluntario mientras otro asegura que la próxima vez se traerá un colador de casa. Y es que intentar capturar microscópicas galletitas con enormes guantes es tarea casi imposible, por mucha buena voluntad que tenga el personal. Los más afortunados comienzan limpiando un pequeño arroyo en el que fuel se ha ocultado debajo de la arena. Una tarea refrescante, que después hará pasar mucho frío a los que se mojaron. Fuel fresco Son casi las cinco de la tarde y las fuerzas empiezan a desfallecer. Uno pregunta ya cuando se acaba porque está empezando a refrescar y están pasando mucho frío. Entonces uno de los voluntarios da aviso de que al arenal están llegando pequeñas manchas nuevas, «fuel fresco», que se está amontonando en la orilla. Raudos y veloces, más que nada por estirar las entumecidas piernas, comienzan a recoger los nuevos restos. Las manchas son de un brillante color negro y tan pegajosas que resulta imposible despegarlas de las manos. Pero no importa. La nueva tarea se agradece inmensamente después de permanecer horas casi sin moverse. Alrededor de las siete, el equipo emprende la retirada. En una tienda del Ejército esperan bocadillos, zumos y, sobre todo, tabaco. También se quitan los ahora odiados trajes blancos, los guantes y precintos que durante todo el día les han impedido moverse. En el camino de regreso se les informa de que han retirado, aproximadamente, una tonelada de fuel y todos se quejan de la falta de medios. «Con unha peneira faríamos moito máis», explica uno. A las siete de la tarde están de vuelta en el pabellón de Fisterra, donde les espera un café caliente y algo de comer. Muchos volverán mañana a otra playa distinta para seguir ayudando a la causa.