La marea negra que perdió la batalla en Arousa

Rosa Estévez
R. Estévez O GROVE

AROUSA

VÍTOR MEJUTO

Sin más medios que sus manos y sus barcos, mejilloneros, mariscadores y marineros salieron a la bocana para hacer frente a la mayor amenaza que ha sufrido la ría

04 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

La marea negra es, de momento, una historia sin final. Con el Prestige vomitando fuel, cualquier intento por recuperar la normalidad se sujeta con los alfileres de la provisionalidad y de lo que pueda ocurrir mañana. En la memoria de todos aún están frescas las imágenes que nos dejaron los primeros días de diciembre. Son imágenes que no deberían haberse visto nunca, porque nunca deberían haber ocurrido. Pero ocurrieron. La de la marea negra es una historia de silencios y de gritos. El pasado 29 de noviembre, en la lonja de O Grove se celebraba una asamblea general para informar a mariscadoras y marineros de la situación de la marea negra. Un silencio sepulcral recorrió la gran sala cuando el patrón mayor, Francisco Iglesias, anunció que según los últimos partes la gran mancha de chapapote se acercaba a Aguiño. Con sus palabras se iniciaban horas de tensa y angustiosa espera. Arousa estaba en alerta máxima, con las manos desnudas frente a una avalancha de fuel que las administraciones habían negado hasta ese momento. Llegó el tres de diciembre, y con él, el enemigo llamó a la puerta de la ría. Toda la flota arousana salió al mar para hacer frente a una multitud de manchas, algunas de hasta 500 metros cuadrados, que habían burlado a los barcos anticontaminación situados en la bocana. Desde las planeadoras se recogía el fuel con las manos. En los barcos mejilloneros se usaban las cucharas para arrancar el jalipote del mar. No había nada previsto, más que el esfuerzo de la gente del mar. No había medios, ni guantes ni mascarillas. En las embarcaciones reinaba la desesperación y los gritos pidiendo leche para combatir los mareos y las náuseas provocadas por el chapapote. Los puertos En el mar estaba la primera línea de defensa. En los puertos, la segunda. A los de O Grove, A Illa, Cambados y Vilanova, llegaban sin pausa los bidones cargados de chapapote: eran contenedores de basuras y capachos, lo primero que se había encontrado. Pero quizás lo menos operativo, lo que se tradujo en una ralentización de las operaciones de carga y descarga. Visto ahora, con la frialdad que permite la distancia, algunos de los protagonistas de aquellos días asegura que «non sabemos a sorte que tivemos de que non houbese ningún accidente, porque tal e como se traballou podería ter pasado algo grave». Escenas similares se repitieron también al día siguiente. Pero entonces, el viento se alió con Arousa y mandó lejos de la bocana a la gran mancha. La batalla se había ganado. Por vez primera, una marea negra era vencida en su terreno: el mar. Ha pasado un mes, pero en las mentes de todos resuenan aún los gritos proferidos por un marinero de la ría a Torres Colomer. «¿Dónde están as barreiras?», le preguntaba con el corazón en la boca y las manos llenas de chapapote. La pregunta se ha repetido hasta el infinito, pero sin obtener respuesta. Pasados aquellos dos días de movilización general, los sectores de las Rías Baixas volvieron a dirigirse a la Administración para reclamar medios preventivos. El papel que habían jugado en el salvamento de la ría les hacía concevir la esperanza de ser escuchados. Pero de nuevo la respuesta fue insuficiente. «Es una falsedad hablar de falta de medios», dijo en Pontevedra, hace tan solo una semana, el subdelegado del Gobierno. No lo ven así Los marineros no lo ven así. Reconocen que hay medios para hacer frente a las secuelas que el envite del fuel ha dejado en las playas exteriores de la ría. Unas galletas de chapapote que a diario se recogen y que a diario vuelven a llegar arrastradas, desde las islas atlánticas, por los vientos y la marea. El comité de emergencia de O Grove tiene controlada la situación. Pero las palas, los guantes y los trajes no son los medios que tres patrones mayores, acompañados por una representación de marineros y mariscadoras, reclamaron con una huelga de hambre. «Pedimos que se nos trate con dignidade e racionalidade», decían en sus comunicados los responsables de las cofradías de O Grove, Cangas y Pobra, protagonistas de aquella protesta. La respuesta ha sido mucho menor de la esperada. Hasta Arousa han llegado algunas bombas succionadoras, no todas las pedidas. Una barrera de arrastre y algunos metros de vallas oceánicas completan los envíos realizados por la Administración hasta las rías, que han dejado de ser zonas de peligro inminente para lo bueno y también para lo malo. El próximo martes, las cofradías de las Rías Baixas celebrarán una reunión para decidir cómo vuelven a reclamar unos medios preventivos que parecen vetados para esta zona de la costa gallega. Curiosamente, la más rica en lo que a producción marisquera y mejillonera se refiere.