Cuando la voluntad no es suficiente

Bea Costa
Bea Costa O GROVE

AROUSA

VÍTOR MEJUTO

El trabajo de los voluntarios en la lucha contra el fuel es duro y desalentador

12 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Ante la negra estela del Prestige, yo también quería echar una mano. El miércoles, a las nueve de la mañana, salí para Sálvora en El Delfín Primero. Conmigo iba un centenar de personas llegadas desde Málaga al País Vasco: voluntarios, militares y contratados. Una vez en la isla nos llevaron al castillo, donde se ha montado una especie de campamento. Allí nos suministraron todo el material necesario: dos pares de guantes, dos mascarillas, botas, traje de aguas y, por supuesto, la funda blanca. Mi primera sorpresa fue comprobar lo laborioso -invertimos casi una hora- que resulta pertrechar a este ejército. Porque no sólo hay que vestir las ropas, además hay que sellarlas a cal y canto con cinta adhesiva para asegurarse de que no haya ninguna filtración a la piel. Allí nos dieron también la comida del día: bocadillos, fruta, una lata de atún y una botella de agua. Luego llegó la hora de buscar el fuel. Al bajar una loma y encarar la fachada oeste de la isla, me encontré con la imagen desoladora de las manchas de fuel sobre las rocas que, por efecto del sol, brillaba como el charol. De camino te encontrabas capachos y bolsas, algunos manchados porque aún no se recogieran del día anterior, y otros listos para afrontar una nueva jornada. Los coordinadores del operativo todavía tardaron algún tiempo en organizarse hasta que, finalmente, me hice con una bolsa y una rasqueta y bajé hacia el mar. Poco tardé en comprobar lo duro y poco fructífero que resultaba aquel trabajo. El chapapote te derrota. Es una sustancia densa y pegajosa que no se deja coger, así que para poder retirala de las rocas hay que recurrir a las manos, a los dedos. La mascarilla y las gafas enseguida empiezan a molestar así que, imitando a los que me rodeaban y pese a las recomendaciones previas, pedí a uno de los militares a los que ese día le tocaba trabajar «con las manos limpias» que me retirase todos aquellos artilugios. Al cabo de una hora, y cuando el fuel me había llegado ya hasta las cejas, había conseguido recoger poco más que el fondo de un capacho y un dolor de espalda. Llegó la hora del descanso y de comer. Los del ejército tenían su propio rancho y el resto nos pusimos a hincarle el diente a los bocadillos. Pero antes, había que despojarse de unos guantes pringados tratando de no marcharse, algo nada fácil para los menos hábiles. La moral por los suelos A las tres reanudamos el trabajo y bajamos a una zona en la que, pese a estar totalmente cubierta de petróleo, poco se podía sacar. Otros habían estado antes y el chapapote que quedaba estaba incrustado en la piedra. Mi moral empezaba a estar por los suelos y un operario de Tragsa, más curtido en estas lides y con menos entusiasmo, trataba de animarme diciéndome «non se pode facer máis». Empleé la hora y media restante en retirar con los dedos el petróleo que cubría una zona de cantos rodados y conseguí juntar unos puñados. Nos fuimos dejando las armas de la batalla tiradas al pie del sendero, donde los recogerían. Por delante quedaban unos dos kilómetros de caminata que con aquella coraza petroleada se hicieron el doble de largos. Hasta que al fin llegamos al castillo y pude despojarme de aquellas ropas inservibles ya. Para entonces el barco ya esperaba en el embarcadero de la isla y a las seis y media llegamos a O Grove. Allí desembarqué, impregnada por una sensación de frustración, preguntándome si tanto esfuerzo y gasto vale la pena para recoger medio capacho de fuel.