De acuerdo, no fue el concierto de Lalín. Pero estuvo bien. Muy bien, teniendo en cuenta lo que habitualmente depara el verano musical en esta esquina de la ría de Arousa. La capital del Deza conjugó el año pasado toda una serie de factores nacional-populares que convirtieron el bolo en un momento único, rubricado por amiguetes como Pinto de Herbón, y con la muerte de un joven en Génova, durante la reunión del G-7, bien fresca en la memoria. Sin tanta carga emotiva, la actuación del pasado sábado demostró que, hoy en día, pocos directos pueden compararse con lo que ofrecen sobre un escenario Manu Chao y la gente de Radio Bemba. Chao ha tenido siempre la virtud de engrosar sus composiciones con acordes y ritmos de cualquier rincón del mundo. La suya es una música elástica, que puede ser estirada y encogida en función de lo que requiere el concierto en cada momento. Si hubo algún fallo, habrá que buscarlo precisamente en esa labor de interpretación del estado de ánimo del público. Alguna vez chirriaron las ganas de caña y el reagge suave que entonces marcaba el grupo. Nada que el brujo de la tribu, bien asentado en el centro del escenario, no pudiese arreglar, arropado por unos músicos enormes, que desempeñan su papel a la perfección, lo mismo en pleno solo que cuando caya su instrumento. Que se queden con Rosa y Bisbal. Yo, repito.