Don Adolfito, el loco del violín que vivió en Ribadeo y que enloqueció por amor

MARTÍN FERNÁNDEZ

RIBADEO

Don Adolfito hacia 1890, fotografía de Baltasar Cue Fernández donada al Museu del Pueblu d?Asturies por Carlos Suárez Cue.
Don Adolfito hacia 1890, fotografía de Baltasar Cue Fernández donada al Museu del Pueblu d?Asturies por Carlos Suárez Cue. Baltasar Cue Fernández

Juan Adolfo Carballo García nació en Santiago en 1841

24 feb 2025 . Actualizado a las 14:09 h.

Memoria de Mariñáns abre hoy una galería de gente heterodoxa, extravagante, marginal y perdedora. Hombres y mujeres que un día fueron referencias populares de A Mariña e inexcusables pinceladas de su paisaje. Y lo hace con Don Adolfito, un loco por amor residente en Ribadeo al que cada año, con la llegada de la primavera, se le alteraba el pulso y los biorritmos, no conciliaba el sueño y pasaba de la euforia excesiva a la lánguida postración. Cuando eso sucedía, cargaba a la espalda su violín y marchaba caminando, de pueblo en pueblo, por la orilla del Cantábrico, hasta Santander o A Coruña, tocando en tabernas y cafés y dando serenatas a las mocitas. Ya en otoño regresaba a Ribadeo y a sus asuntos. Y así año tras año, hasta la llegada de la próxima primavera.

Se llamaba Juan Adolfo Carballo García, aunque era conocido como Don Adolfito o El loco del violín. Había nacido en Santiago de Compostela el 15 de noviembre de 1841 y de su vida dieron cuenta varios periódicos; Félix Estrada Catoira, cronista oficial de A Coruña y, entre otros, José Mª. Gutiérrez Calderón, en su libro «Santander, fin de siglo», editado en 1935 por Ediciones Montañesas con prólogo de Vicente de Pereda e ilustraciones de E. Cortiguera, autor del retrato que ilustra esta página.

Un asesinato le cambió la vida

Nació don Adolfito en el seno de una familia distinguida y acomodada. Su padre era el abogado Juan Francisco Carballo Otero y Osorio y él mismo, en 1856, estudiaba ya Farmacia en la Universidade de Santiago. En ese tiempo, se enamoró de Rosa Fernández Herrera, una de las hijas del catedrático Gabriel Fernández Taboada y de Antonia Herrera Díaz, una santanderina asentada en Santiago cuya familia trabajaba en la universidad. El 13 de junio de ese año, Pedro Fernández Herrera, -concejal del Ayuntamiento compostelano, capitán de milicias y hermano de Rosa- fue asesinado en una revuelta política por un tal Vallejo que fue fusilado tres días después.

La muerte de Pedro supuso un desastre emocional para la familia, que se dispersó. La hermana mayor, Josefina, ingresó en el Convento de Santa Clara, del que fue abadesa. Otra hermana, Isabel, casada con el médico Manuel Baraja, se marchó con sus padres a Cabezón de la Sal (Cantabria) donde su marido ejerció durante 47 años. Y Rosa, la novia de don Adolfito, murió de tuberculosis, depresión y pena... Ante ese cuadro de fatalidad -digno de un drama romántico- don Adolfito no logró sacar de la cabeza ni del corazón a Rosa y poco a poco fue perdiendo la razón. Abandonó Santiago, dejó los estudios y se lanzó con su violín, del que era virtuoso, a una vida desordenada y bohemia por Galicia adelante. Así llegó a Ribadeo, donde su hermana Luisa estaba casada con el comandante de la guarnición militar. Ribadeo tuvo cuartel permanente hasta fines del XIX en el fuerte de San Damián.

Tocó y deambuló durante 32 años por Cantabria, Asturias y Galicia

Don Adolfito se quedó a vivir con su hermana en Ribadeo. Pero no cejaba en sus andanzas y cada primavera comenzaba su periplo de músico ambulante hasta el otoño. No aceptaba limosna, solo gratificaciones por tocar. No tenía necesidad de pedir pues Luisa le enviaba dinero a las poblaciones por donde iba pasando.

Según Gutiérrez Calderón, en 1860 era un tipo alto, de cuerpo bien conformado y tez morena. Sus ojos eran chispeantes, el pelo negro, la perilla larga y el bigote negro y abundante. Tenía porte caballeroso, movimientos desenvueltos y modales finos. Vestía con americana, siempre abrochada, sombrero redondo de fieltro blando color café y con ala corta vuelta hacia arriba. A veces, calzaba alpargatas.

Todo muy usado pero limpio y ordenado. Era “un señor venido a menos” siempre con su violín a la espalda metido en una bolsa verde, recosida y remendada. Y todo el mundo lo describía como “simpático, vehemente y apasionado”.

Baltasar Cue Fernández

Su existencia se conoce por dos fotos de Baltasar Cue Fernández -que Carlos Suárez Cue donó al Museu del Pueblu d'Asturies- y a las crónicas de periódicos gallegos, asturianos y cántabros. Sus «excursiones artísticas» -así llamaba a su deambular- duraron 32 años y transcurrieron por villas y pueblos de Cantabria, Asturias y Galicia. Era una celebridad y a su muerte se publicaron varias noticias con el suceso.

La revista cántabra La Guardilla Artística publicó en 1870, en su número 13, su retrato a lápiz, firmado por F. Vega, bajo el título Trovador del siglo XX. El Imparcial informó de su muerte en febrero de 1904, al igual que lo hizo La Atalaya, de Santander, y El Oriente de Asturias, de Llanes: «Según varios periódicos ha sido asesinado en A Coruña el callejero bardo y célebre violinista Don Adolfo que con tanta frecuencia solía visitarnos y a quien todos juzgábamos como un ser verdaderamente inofensivo», decía.

En abril de 1910 la noticia salió en La Voz de Villaviciosa y en julio de 1914 en Las Riberas del Eo, de Ribadeo.

Cantaba a las muchachas que se asomaban al balcón y entraba en trance hasta que se retiraban

En 32 años de excursiones artísticas no falló ni uno. Su presencia, como las golondrinas, era segura y periódica, siempre a partir de abril. La noticia de su llegada a un pueblo se difundía con rapidez y se le recibía con gusto. Era como decir que había llegado el buen tiempo. En cada lugar, iba por la calle con andar airoso y el violín a la espalda. De pronto, se detenía frente a alguna ventana y - derechas las piernas y los pies en escuadra- sacaba su violín y su arco, señalaba con este a la joven que había visto asomada, levantaba el sombrero y le brindaba una canción: “¡A esa rubia tan linda!. Tus ojos ¡ay!, qué azules son...”. Y entonces se transformaba. Comenzaba con un andante, degeneraba en un allegro estrepitoso, los ojos le centelleaban, su perilla temblaba y, como poseído, con voz de barítono, terminaba con un recitado rápido y atropellado: «Solo por tí/ suspiro yo/ pero olvidarte/ morena mía/ no puedo, noooo».

El concierto duraba poco: hasta que la agraciada del balcón, intimidada por las miradas de quienes rodeaban al músico en trance, daba por terminado el espectáculo y se retiraba... Él quedaba contrariado, recogía sus bártulos y seguía su camino. Y ante otra joven, en otra ventana, desenfundaba de nuevo e insistía: «Soy el que te adora, / hermosa, sí, /no me olvides, no,/ que con tu mirar / enardeces mi pasión.”. Y así uno y otro día, una y otra vez. Sus trovas no tenían fin: “Por ti vengo, hermosura,/ por ti, enamorado, / por ti, apasionado,/ buscando tu ternura». Era discreto y parco en palabras. En cada pueblo siempre se alojaba en el mismo sitio y tenía las mismas amistades. Siempre viajaba solo y a pie. Seguro que iba escuchando su alma y su corazón...