Las Navidades de la pandemia

«Cierto es que nada será como antaño, los cambios son profundos»


El dios Cronos suelta las hojas del árbol 2020 con desgana, con cansancio, harto de mascarilla y sumido en el miedo. No importa, es Navidad y se producirá el milagro de que Cristo nazca de nuevo. Cierto es que nada será como antaño porque los cambios son profundos.

Ya no hay ángeles anunciadores, sino periódicos vendidos a las subvenciones y a la publicidad, y no importa demasiado porque apenas quedan pastores. Así que no se fie uno demasiado de lo que digan, porque, además hay noticias falsas y nos pueden cambiar al Niño Dios por Donald Trump. Es cuestión de que aparezca un genio en Facebook u otras redes sociales.

Porque en dos mil veinte años la Humanidad ha sufrido grandes transformaciones. Tantas y profundas que hasta la Historia la pueden escribir Quim Torra y su mentor Puigdemont. O Jon Idigoras ser el premio Nobel de la Paz. Si todo es ponerse.

Así que nadie se extrañe si Pablo Iglesias cambia el portal de Belén por una chabola antidesahucios. Y sepan ustedes que no hay mula, porque la gente ahora sabe mucho y es altiva y tanta soberbia no cabe en la chabola. Tampoco esperen ver al buey, porque están amenazados por los buitres, esos fondos de inversión en manos de ladrones. Así que ya ven, la vida cambia que es una barbaridad. Tanto que el año pasado creyendo que venía ese intruso de Papá Noel, llegó un repartidor de Amazon con un bichito de China y ya ven, aquí estamos, secuestrados por este demonio. Miren si cambian las cosas que hasta los Reyes Magos, en vez de venir de Oriente, cambiaron la producción para China. Es el fruto de la globalización y la estupidez.

Pero no se desanimen que el Niño traerá la vacuna entre risas infantiles y preciosos villancicos. Y nos inmunizará contra el bicho, el becerro de oro y la vanidad y volveremos a estar sanos, ser solidarios y humildes. Es lo que tiene la vida: el sentido común que nos falta.

Cronos ha caminado dejando en la cuneta los años de los hombres, y nosotros, aquellos tiernos y seráficos angelitos de la feliz infancia, aquellos peluches de pétalos y ojos ávidos de verdad, también hemos seguido el sendero de la vida, entre rosas y espinas, entre piedras y charcos, entre ilusiones y desesperanzas, entre amores y desamores, entre éxitos y fracasos... para convertirnos ya en viejos robles, desguazados y cansados, pero también felices porque la vida, ese aire fresco que nace cada día, ha sido liviana, generosa y servicial. Y la felicidad, amor, es amar. Lo demás, publicidad y cuento.

Y en nuestro vía crucis particular hemos vivido situaciones personales duras y difíciles con escasos cirineos, y tiempos de vino y fiesta, de frustración y de desasosiego, de lucha y constancia, de envidias y también de sinceras manifestaciones de cariño. Hemos llegado al banco de la paciencia, y al jardín, sala de espera del Edén, con nuestros defectos y virtudes. Y en ese trajín hemos perdido la mirada ingenua, la amorosa sonrisa, la fe en los fantasmas y muchas horas en conversaciones vanas y superfluas. Hemos dedicado la vida a lo que amamos y, si pudiésemos gozar de otra, repetiríamos. No, algunos no hemos trabajado nunca: Hemos vivido felices con los niños.

Claro es que, como fruta madura, hemos sufrido el proceso de crecimiento, de juventud y locuras, de compartir y recibir ayudas, de ser perdonados y perdonar, de ver escapar, como agua que cae de las manos, a amigos que siempre querrás. Si, y hemos sentido la soledad del abandono, la zancadilla y la mala fe y hasta es posible que la calumnia haya encontrado acólitos. Cada cual goza de su pepito grillo particular. Nada importa cuando la conciencia está limpia y la ilusión se mantiene intacta. El error de los “curricula” es eludir los defectos.

Hemos llegado a los tiempos en que los malditos sarcasmos, la ironía y la retranca se han convertido en nuestros particulares antídotos contra imbéciles y monosabios. Hemos optado por el silencio como la mejor respuesta ante la provocación y también estamos en los tiempos en que ves la carga de profundidad y la bala dialéctica que esconde la palabra. Hay quien siempre vivió en tiempos de crispación y confrontación y, aunque sea genética la postura, no por ello evitan herir. Les molesta la moderación y la templanza.

En mundos de vacío y superficialidad, la personalidad puede aparentar altiva; sin embargo, también la humildad y la modestia pueden molestar a soberbios y vanidosos. Realmente lo que molesta es ser distinto.

Viene Jesús y su proyecto siempre es el mejor. Llena nuestras vidas de amor y serenidad, de fuerza e ilusión, de esfuerzo y cosecha, de comprensión y perdón.

Nada importan soledad, escasez, frío y cansancio a quien sabe estrujar el amor del corazón. Ni siquiera el dolor de la chabola, ni la indolencia de los ricos. Nada importa ahora el hambre y la marginación. Porque llega el Dios de la esperanza.

Mientras el hombre, sin subir a pedestal alguno, ni siquiera a un cerro, camina por la calle solo, con sus preocupaciones, con sus deseos de felicidad común, con su morral de errores, con la solidaridad abierta, con la justicia en busca y captura, con el temor por el porvenir, con sueños de resurrección de la fraternidad, conviviendo entre las flores y niños, con villancicos de paz y el sosiego que produce sentirse querido.

No, amigos, la pandemia no es más que un error humano, una resaca de nuestra indolencia ante la injusticia y la desigualdad, un defecto a corregir que superaremos con abrazos de verdad, con achuchones sin reparo, con nuestra solidaridad más verdadera, con fuerza y valor para revertir un mundo abocado a derroteros inciertos por la avaricia y el desamor. Nunca estamos solos. Siempre está con nosotros ese Niño chiquitito que nació en las pajas porque es pobre. Así que a tan Buen Amigo, cuídalo, si te parece. Todo sea dicho con el máximo respeto a otras creencias o a ninguna.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

Las Navidades de la pandemia