Yo, que soy paciente, sigo esperando


Esta semana voy a contarles una vivencia personal y por desgracia muy habitual gracias a los recortes en sanidad y servicios.

Mi espalda reúne todos los requisitos necesarios para deshacerse de ella y sustituirla por un palo de escoba, seguro que me daría menos dolores de cabeza.

Hace un año, en una de mis habituales visitas al traumatólogo de turno del hospital de la Costa, la doctora en cuestión decidió que debería de hacer rehabilitación para intentar «enderezarme» -mira tú, lleva mi familia intentándolo años y aún no lo han conseguido-.

Emoción con la llamada del centro concertado

En ese momento, mayo de 2014, entré en la lista de espera para realizar un tratamiento de fisioterapia. Yo que soy paciente, ya suponía que la cosa tardaría, así que seguí con mis sesiones particulares de fisioterapia, a las que acudo desde hace años. Lo que no sabía es que iban a tardar tanto. Hace una semana, mayo de 2015, me llamaron del centro concertado en Viveiro, para decirme que podía empezar el tratamiento. La emoción que sentí al descubrir que no me habían dado por muerto, hizo que derramase una lágrima.

A principios de semana y con gran alegría, me dirijo a la consulta a la que suponía tendría que acudir durante una temporadita. Después de un rato de espera, el fisioterapeuta me indica que pase a la sala. El chico me explica el tratamiento indicado por la rehabilitadora, pero me apunta que lamentablemente la máquina de corrientes no funciona muy bien, y que para poder hacer que funcione, tendrá que poner sobre mi espalda unos pesos para hacer presión y que se active el circuito. Qué quieren que les diga, flipo.

Bueno, ya metido en ciernes, con el peso en cuestión en la espalda, la máquina zumbando como un barreiros y la cabeza empotrada en la camilla, viene el chico y me dice que, lamentablemente otra vez, tiene que comunicarme que ya no tendré más sesiones hasta nueva orden, porque él se va de la empresa y no tienen contratado a nadie para sustituirle. Qué quieren que les diga, flipo.

La «terapia» en cuestión dura 15 minutos, y el chico me explica unos ejercicios que tengo que hacer, eso sí, en mi casa, y me dice que me puedo ir. Qué quieren que les diga, flipo.

Mi rehabilitación después de un año, se ha resumido a quince minutos de corrientes, aplicadas con un dispositivo estropeado y una lamparita de infra-rojos. Qué quieren que les diga, flipo.

Tengo cuarenta y tres años, llevo cotizados veintidós y esto es lo que puedo esperar de la seguridad social. Que quieren que les diga, me cabrea. ¿Seguro que este servicio es más barato que contratar a dos profesionales y ofrecer el servicio directamente en el hospital? Qué quieren que les diga, lo dudo.

Gracias por los servicios prestados

Debo de decir en defensa de la Seguridad Social y nuestros responsables de Sanidad, que mis dos tornillos cervicales, mis tres hernias, mi lumbalgia y mi ciática siguen bien, jodiéndome bien, pero afortunadamente soy autónomo. Gracias por este gran don que me han otorgado y por los servicios médico-sanitarios prestados. Supongo que en las consultas privadas a las que acuden, las esperas son más livianas, los cacharros funcionan bien y el tratamiento dura un poquito más. Yo que soy paciente, sigo esperando.

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