Tierra prometida

Mariluz Ferreiro L

A MARIÑA

legaron. Hace solo un puñado de años. Cuando este nuevo siglo se las prometía muy felices aquí, pero no tanto en Brasil. Cruzaron el Atlántico, como habían hecho sus antepasados, en busca de fortuna. Y empezaron a trabajar. Un poco aquí, un poco allá. Sin perder su sonrisa paciente. «Los españoles están locos», decían. Por el hervidero de pisos e hipotecas, por el afán devorador de coches recién salidos de las factorías, por las colas diarias en el supermercado, por lo innecesario, por la locura. Ese incendio voraz de facturas, préstamos y cajas registradoras los abrumaba. Intuyeron la fragilidad de la burbuja. Capearon la lluvia y se acostumbraron al frío. Ahora incluso lo prefieren al calor. Mientras, pasó el tiempo volando hacia ninguna parte. Y acabó dándoles la razón.

Se van. En sus maletas no cabe todo. Ni la mitad de lo acumulado. Ni un cuarto de lo vivido. Algo siempre quedará. De nuevo saltan el gran charco. Se instalan en su país, pero a más de mil seiscientos kilómetros al norte de su ciudad de origen. Acuden a un Estado distinto, cuya capital apenas tiene diez años de historia, un lugar que se despereza con ese empuje irrefrenable e insultante que le da su propia juventud, una población en crecimiento hambrienta de mano de obra. Vuelven a empezar dejando un fino rastro de melancolía. «Una aventura más», confiesan con los ojos achispados del que se asoma conscientemente al horizonte de la travesura. La nueva tierra prometida resulta que es la suya. No son una metáfora. Ni los personajes de una fábula. Son la viva traducción de las cifras macroeconómicas y las teorías geopolíticas. Personas con su historia. Que llegaron. Y se fueron.