«Palillando» con acento uruguayo

Ana F. Cuba BURELA?/?LA VOZ.

A MARIÑA

Con solo cuatro años, Rocío ya practica encaje de bolillos, afición que adquirió de su madre, que llegó a Burela de Montevideo y se integró en As Encaixeiras

03 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Mónica Cambeiro Urioste dejó su país, Uruguay, hace seis años. «A mi marido le propusieron un contrato de trabajo en una carpintería de la zona (A Mariña) y decidimos probar suerte. Rocío nació acá, ella es pataqueira », cuenta. La familia reside en Burela. La niña va al colegio Vista Alegre y la madre, delineante de profesión, lleva un tiempo regentando el bar Da Costa, situado cerca del centro hospitalario, junto a su hermana, que también dejó Montevideo, igual que hicieron sus padres.

En Uruguay nada se sabe del encaje de bolillos. «Estaba en el paro (en Burela) y empecé a tratar de matar mi tiempo, me anoté a cursos de manualidades, bordado..., actividades que organizaba el Concello. Veía a la otra gente hacer bolillos y me gustó, así comencé y luego la niña, de llevarla a veces conmigo, también cogió los palos», relata Mónica, que pertenece al colectivo As Encaixeiras, del que ha sido secretaria.

«Rocío decía 'yo sé, yo sé hacer cruz-vuelta' (un punto del encaje) y las otras mujeres me animaron, 'empieza a traerla'. No sé si le gusta bolillar o que todo el mundo la achuche. Así fue aprendiendo, pero con la edad que tiene es poco el rato de concentración», explica el palo de esta historia. Cruz-vuelta y cruz-vuelta-cruz son puntos elementales de esta labor que requiere, por encima de todo, «paciencia».

Paciencia y dedicación

«Lleva su tiempo y es un trabajo muy ingrato porque para avanzar necesitas muchas horas, pero es lindo cuando uno ve el resultado final», afirma Mónica, que ya ha confeccionado un par de tapetes y está elaborando una cortina para el baño. «Más que destreza manual, hace falta paciencia y mucha dedicación», recalca. Mientras, la pequeña, incluso en vacaciones, cuando no tenían clase de bolillos (asisten una vez a la semana), insistía en sacar la almohadilla en casa. «'Vamos a palillar', me decía. 'No tengo ganas hija...', 'sí, sí, yo quiero palillar'. Hace un poco y tengo que deshacer porque va mal».

Juntas, madre e hija, han participado en varias concentraciones de palilleiras. Rocío acudió a las citas de Cervo y Burela. Siempre es la más joven de las participantes, aunque hay otras niñas aficionadas, pero algo mayores. Al principio se trabaja con pocos bolillos, pero a medida que una va progresando aumentan, hasta 40 ó 50 y muchos más, para realizar encajes cada vez de mayor complejidad. Aunque la mayoría son mujeres, también hay hombres que palillan. «El papá se ríe de ella, como la ve tan chica», apunta la mamá.

Qué diría la bisabuela

Mónica planea viajar a Montevideo el año que viene: «No echo de menos Uruguay, fui muy bien aceptada, la gente siempre me ha acogido muy bien y aquí viven mi hermana y mis padres, pero lo que más me ilusiona es llevar a Rocío y que mi tía y los demás parientes la conozcan». Su tía ha visto fotos de la niña palillando y ha recordado que su abuela (la bisabuela de Rocío), gallega, hablaba del encaje. «Qué diría si la hubiese visto haciendo bolillos...».