El padre se enganchó al submarinismo en la ría de Viveiro hace tres lustros; el hijo empezó a bucear de niño en la bañera de casa y la hija, en la piscina
21 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Un día, hace ya 15 años, el presidente del Centro de Actividades Subacuáticas de Viveiro, José Manuel Barro, llevó a bucear a su amigo Fidel Castro Fernández (Lugo, 1960). «Y me enganché, por lo bonito que es, lo bien que lo pasas..., el día estaba estupendo y el mar era el ideal, perfecto, clarito... A los 15 días ya hice el curso de buceo en Viveiro y a partir de ahí iba cada dos semanas», recuerda este funcionario del Concello de Lugo, hoy tesorero del club viveirense.
Después de tantos años de afición, Fidel conoce los fondos de la ría de Viveiro como pocos. «Tenemos unos 25 ó 30 puntos de buceo diferentes, pero dependiendo de la época del año el paisaje varía; cambia en función de la mayor o menor visibilidad, si hay más vegetación o más fauna, cada bajada es distinta, siempre hay algo que te sorprende», subraya. Su rincón submarino preferido se sitúa en el entorno de la isla Gabeira, situada cerca de la playa vicedense de Abrela.
Fidel aprendió a bucear en el mar, en el mes de enero: «Salía de Lugo nevando, el coche se iba cruzando por la carretera, y pensaba '¿a onde irei?', y hacíamos el curso en la ría de Viveiro». Su hijo empezó de pequeño: «Al volver a casa tenía que endulzar el equipo y con el aire que me sobraba en la botella aprendió a utilizar las gafas y el regulador en la bañera».
Aitor realizó el cursillo a los diez años, en la piscina municipal de Lugo, y completó las prácticas en Viveiro. «La primera vez que salí al mar mi padre me agarraba por debajo del brazo y acabamos en urgencias... Al principio era tan pequeño que no había chalecos y se me caían la bombona y los plomos; al ir creciendo cogía (en el club) los trajes de las mujeres», relata. El entusiasmo inicial se ha ido apagando y ahora Aitor se sumerge una vez al año. «Ya te cansas de ver los fondos y es mucho trabajo montar todo el equipo, siempre me mareo en el barco y cuando salgo del agua me muero de sueño, después hay que recoger y endulzar», confiesa. El baloncesto, dice, «es menos trabajoso». Jugó, entre otros clubes, en el Celtas de Foz.
Inmersión y buen paladar
Laura se aficionó por necesidad. Acompañaba a su padre y a su hermano los domingos a Viveiro. «Me dedicaba a pasear y pensaba '¿qué harán estos?'». Hasta que se estrenó en los bautismos en la piscina. «Me gusta mucho -asegura-, es muy divertido e interesante, ves especies diferentes; me gusta mucho el deporte y el buceo es un hobby que quiero seguir practicando».
De aquellos domingos en Viveiro Fidel se queda con la inmersión, pero también con el sabroso menú de O Filón o la Parrillada San Roque y las meriendas en Vilalba. «Eran días redondos», comenta. Con el submarinismo, afirma, «desconectas de todo, es como si fueras volando, permite una flotabilidad neutra, entre dos aguas. Y apenas hay riesgo.
El coste del equipo tampoco supone un problema. Por 600 euros se pueden adquirir el traje de neopreno (de siete milímetros), la botella de aire comprimido, el chaleco, el regulador, el manómetro, el profundímetro y los plomos. El buceo deportivo permite sumergirse a una profundidad máxima de 50 metros, aunque normalmente no se desciende más allá de 15 ó 20. «Si estás bien físicamente puedes practicarlo a cualquier edad», afirma Fidel. Eso sí, nunca en solitario.