Esta jubilada focense, que trabajó de pescadera y de secretaria, mantiene más viva que nunca la pasión por aprender
02 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.A Celina Fernández Sánchez (Foz, 1937) la vida le ha dado varios vuelcos. Nació en Foz y a los tres años su familia se trasladó a Madrid. «Terminada la guerra mi padre tenía allí trabajo y nos fuimos. Volví a Foz ya casada y con mi hijo (Francisco, luego nacería Celina)», cuenta. Las casi dos décadas que pasó en la capital resultaron decisivas: «Vivíamos en la ronda de Segovia, al lado de la Puerta de Toledo. Son los años en que te haces como persona, me eché novio, aunque fuera gallego... Conservo muchas amistades, vienen a verme en verano, y aún tengo allí familia de mi padre».
Fábrica de galletas de vainilla
Su marido, Francisco, era maestro galletero y al regresar a Foz decidieron montar una fábrica de galletas de vainilla, en un terreno situado justo detrás de la vivienda familiar. Pero la escasa potencia eléctrica -«no generaba calor suficiente», afirma- tardó poco en frustrar la empresa. Tras ellos volvieron también los padres de Celina. «Teníamos una furgoneta y mi padre empezó a ir a vender pescado con unas señoras de aquí. Como la fábrica iba muy mal y mi padre enfermó me dijo que por qué no le sustituía yo para no perder la plaza y me animé. Nos habían dicho que tardaría poco en curarse pero solo vivió 22 meses y cuando se murió yo ya estaba muy metida con el tema del pescado, mis hijos estaban estudiando en la universidad, en Santiago, y continué».
Pescadera entusiasta
La vuelta a Foz resultó dura desde el principio, pues hace casi 50 años, cuando Celina y su esposo se asentaron en la villa mariñana, «ni siquiera podías comprar huevos en las tiendas, no era como ahora que no notas que cambias de ciudad y tienes acceso a todo», recuerda. Pero ella se adaptó y acabó incluso entusiasmándose con su trabajo de vendedora de pescado por las aldeas del valle de Lourenzá, mientras su marido (que se empleó en una panadería tras el fracaso de la fábrica) regentaba el puesto en la plaza. Relata, con emoción, cómo hace un par de días se reencontró con una antigua clienta. «Estuvimos hablando... era toda gente muy buena en esa zona. Aquella fue una época muy bonita».
Trabajó como pescadera 12 años y hubiera seguido de no ser por la enfermedad de su marido, una trombosis -«cuando le dio estaba el coche lleno de pescado para venderlo al día siguiente», narra-, que otra vez les obligó a cambiar de vida. Permaneció un mes hospitalizado en A Coruña y un año de rehabilitación. «Vivíamos con la pensión, mis hijos ya habían terminado las carreras (Francisco es neurólogo y Celina, abogada)», dice.
Y se hizo secretaria
A Celina, que lleva años jubilada, siempre le ha apasionado trabajar. «Yo no valía para estar quieta y mi hija tenía un despacho en Burela y otro en A Coruña, y me sugirió que le ayudara en la oficina», explica. Y la pescadera se hizo secretaria. «Era un trabajo muy agradable, en contacto con la gente; el de pescadera también me gustaba mucho y lo añoré. Estuve cerca de diez años en el despacho, hasta que me operé y me dijeron 'creemos que ya has trabajado todo lo que te correspondía, aunque no lo hagas más no pasa nada'. Pero me costó mucho? habituarme a no tener nada que hacer en todo el día. Muchos dicen 'qué envidia estar retirada'... Quienes estáis en activo no sabéis cómo es levantarse cada día para nada... Cuesta muchísimo acostumbrarse a no tener una obligación, ¡antes esperaba el domingo con una ilusión...! Ahora ya no sé ni qué día es».
La pérdida de su marido, hace ya tres lustros, supuso un golpe terrible. Y la Asociación de Viudas Pilar Otero, de Foz, que preside desde hace 14 años, le generó nuevas expectativas. «Entonces seguramente fue una vía de escape, pero ahora no la puedo dejar y la tengo desatendida porque viajo bastante», apunta. Nunca había viajado tanto como en los últimos años. Todo gracias a Internet, otra ventana al exterior que le puso en contacto con dos mujeres de A Coruña, y las tres amigas se aventuran cada año por países diferentes, de Jordania a Canadá, Inglaterra, Grecia o Croacia.
Las internautas viajeras
El primer viaje que compartieron Celina y sus dos compañeras internautas fue a Portugal y duró solo dos días: «Aunque nos conocíamos a través del chat y de ir a comer, convivir es diferente y no sabíamos cómo resultaría». La relación se consolidó en seguida y continúan con ganas de recorrer el mundo. «Este año aún no sabemos adónde iremos de viaje porque entre la gripe, por un lado, y las guerras...». Sin duda se les ocurrirá algún destino interesante en las horas de mesa y tertulia que comparten en A Coruña. Celina pasa casi la mitad del tiempo en la ciudad herculina, pues allí residen sus hijos y sus nietas, Ana y Celina, «lo más importante» en su vida.
Presidenta durante 14 años
En la Asociación de Viudas también organizan excursiones, cursos y exposiciones (de sus propios trabajos) y en verano ponen a la venta las manualidades que diseñan a lo largo del invierno. Es un terreno en el que esta mujer vitalista y siempre dispuesta a aprender y a colaborar se maneja muy bien. Ahora ha empezado con las joyas y elabora collares y pendientes para luego comercializarlos y recaudar fondos destinados a financiar las actividades del colectivo.
Celina se desplaza con frecuencia a Madrid, donde discurrió su infancia, «muy bonita, aunque era una época difícil y había colas para todo, las telas, la cartilla de racionamiento...». Iba a un colegio de monjas; su padre era camionero, salía por los pueblos, y «en casa la comida nunca faltó». La última visita a la capital fue hace una semana, por la graduación de su nieta. También le gusta la lectura, algo apartada por culpa del astigmatismo. Un lote de libros le espera para cuando se recupere.