El médico se hizo escaparatista y lleva casi un cuarto de siglo moldeando ideas con sus manos, con la misma ilusión con que emprende un viaje y disfruta de su gente
03 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Jesús Atadell (Viveiro, 1959) nació en la plaza de Santa María. «Y fui a un colegio de monjas», cuenta, el Cristo Rey, que abandonó pronto. «Tuve una enfermedad que me obligaba a llevar pantalón largo para abrigar las piernas y, como el Cristo Rey era de pantalón corto, me tuve que cambiar al de las Concepcionistas, que no tenía uniforme», narra. Desde entonces siente gran cariño por las monjas. Cursó el Bachillerato en el actual IES Vilar Ponte y estudió Medicina en Santiago.
De estos apuntes biográficos nadie colegiría su temprana afición por el escaparatismo, terreno al que acabó dedicando su vida. Aquella convalecencia infantil resultó decisiva: «Tuve una hepatitis a los siete años que me marcó mucho porque no podía correr, si jugaba al fútbol tenía que ser de portero. Me recomendaban reposo y pantalón largo. Ahí empezaron a despertar mis habilidades manuales, hacía muchos mecanos, ojalá hubieran existido los Exin Castillos... En el instituto tuve un profesor de trabajos manuales, Pablo Mateos, de quien aprendí mucho aunque solo fue un año».
Sin embargo, cuando tuvo que elegir carrera, se decantó por Medicina y llegó incluso a ejercer. Pero el estudiante ya empezó a hacer escaparates. «El primero fue el de la tienda de mi madre, Silvia, de ropa de niños, que ya no existe. Ahí hice mis pinitos». Pronto vio que de sus manos salían cosas bonitas, algo que le sigue obsesionando, rodearse de belleza. Atribuye esa destreza a sus padres, ella, modista; él, pescador aficionado; ambos muy habilidosos.
En Santiago Atadell conoció a Lence, un escaparatista alemán, un maestro, de quien acabó haciéndose amigo. De lunes a viernes, el alumno de la Facultad de Medicina asistía a clase y el fin de semana diseñaba escaparates. «Mis padres me pagaban la carrera y ése era un dinero extra para hacer cosas», explica. Aquellos también fueron años de intensa actividad en Viveiro. Atadell y sus amigos organizaron los carnavales, el belén viviente, prepararon las carrozas del rally del humor, las fiestas de verano de 1983... Y su primer cliente de verdad fue la tienda de moda Jonathans, en Viveiro.
Una propuesta irresistible
«Llega un momento en que me sale un trabajo muy grande como escaparatista, que me va a ocupar una semana al mes, todo el año, y decido plantar mi carrera (ya trabajaba como facultativo) y dedicarme a esto. Ganaba más y no tenía la responsabilidad de un médico», señala. Agradece que su familia no tratara de disuadirle. De esto hace ya casi un cuarto de siglo.
Aquella propuesta irresistible venía de El Pote, en A Coruña, su gran escuela, una relación que duró dos décadas. «Tenía 40 metros lineales de escaparate a la calle. El primer día pensé '¿cuándo lo voy a acabar?' y me llevó cuatro días», recuerda. Superó el reto y no ha parado de crecer. Y del trastero de 15 metros cuadrados de Santiago, que fue su primer taller, pasó a otro de 25, un entresuelo de 80 y una nave de 400, en Galdo, donde despliega su creatividad junto al resto de trabajadores de la sociedad Jesús Atadell Ferreira S.?L. Esta empresa no tiene nada que ver con ODS, un grupo de amigos que se juntan para crear. Fruto de años de labor altruista es el belén a tamaño natural de la plaza de Santa María.
Tras las tiendas surgieron los centros comerciales de Cuatro Caminos, en A Coruña, o Camelias, en Vigo -«decoraciones XXL», como él ha bautizado estas grandes superficies»-, y más y más clientes en toda Galicia y Asturias. En un aprendizaje continuo: «Llevo haciendo los trajes de los pastores del belén ocho años y este año he aprendido la tira... Ahora en diez minutos visto un pastor, antes tardaba tres o cuatro horas». Siempre con enorme libertad. «Cuando me llama alguien le advierto de que 'conmigo nunca se sabe'. La improvisación es el arma. Sin embargo, siempre he sido medio cobarde y nunca impongo mis gustos; intento negociar», desvela. «Después -aclara-, tienes que ser un chapucilla, saber hacer un poquito de todo, peluquería, tapicería, carpintería, electricidad...». Esto le ha valido el apodo de MacGyver entre los alumnos de sus cursos.
Ahora ya no ahorra ideas
Al principio, a este profesional viveirense, que ama su pueblo sin ignorar sus carencias, le costaba mucho administrar las ideas. «Pensaba que se me iban a acabar y las ahorraba, para tener en la recámara». La experiencia le ha enseñado que el ingenio no se agota, las modas van y vuelven «y siempre puedes utilizarlo absolutamente todo». Con el tiempo también ha aprendido «que es igual colocar flores que escobillas de váter» y ahora le encargan la decoración de iglesias y restaurantes para bodas. E incluso proyectos de interiorismo en casas particulares.
Atadell, que se sabe querido por tanta gente, elogia a los suyos: «Tengo un gran equipo, una gente maravilla... Yo soy el puta, el que hace de político, cuenta las verdades a medias para que la gente no se mosquee». Otro secreto radica en «la capacidad de decisión». Si sale mal, «siempre se soluciona». Y la ilusión. Para abrir el Chipe, en García Dóriga, junto a dos colegas de ODS. Viajar, su? ?????otra pasión. Jesús, como le llaman todos, sueña con conocer Egipto. Con suerte, el viaje ansiado caerá este año, cuando cumple 50; pese a los embates que le tienen algo tristón, por primera vez en tanto tiempo, aburrido de casi todo, salvo del taller, esta Navidad.