Mary Carmen Golpe, con medio siglo de oficio, regenta en Viveiro junto a sus hijas la panadería que lleva su nombre, especializada en empanadas
14 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.La panadería es uno de los grandes oficios tradicionales que aún persisten hoy en día. El secreto de la elaboración de una rica empanada o una crujiente y sabrosa rosca de pan, ha pasado de padres a hijos en familias como la de Mary Carmen Golpe. «Soy hija de panaderos y llevo 50 años trabajando en el oficio», cuenta la panadera viveirense.
Su negocio, la panadería Mary Carmen, en el que también despacha pastelería, lleva 25 años funcionando en la plaza Juan Donapétry. Aún así, esta viveirense comenzó con 13 años ayudando a sus padres en la panadería Gerardo, que según dice ahora está regentada por su hermano Javier.
En el año 1958 esta emprendedora decidió montar su propia panadería y alquiló un local en Covas. Recuerda que después de varios años de tener allí el negocio, se trasladaron a Viveiro, a la calle de la Zapatería. «Pero dejamos una pequeña oficina en Covas porque era el deseo de mi madre que así fuera», comenta. Como la cosa venía de familia, las hijas de Mary Carmen se involucraron desde el principio en la tahona. Pero sin duda alguna, la que más claro lo tenía era la mediana, Montse, que dejó sus estudios por ayudar a su progenitora. «Cuando mi madre montó la tienda, yo después del colegio venía a despachar para que ella se fuera a comer; después iba yo corriendo a comer y volvía otra vez al colegio», recuerda.
Montse no ha optado por este oficio por obligación, sino por gusto. «A veces es muy cansado y trabajas muchas horas, pero igualmente tengo que reconocer que me gusta mucho trabajar en esto», reconoce.
Trabajo en familia
Mary Carmen, la más mayor de las hermanas, y Pilar, la más joven, también empezaron ayudando en el establecimiento después de la escuela. Hoy las tres futuras herederas del negocio familiar, trabajan junto a su madre.
La relación entre madre e hijas durante la jornada laboral a veces no es fácil, porque pasan mucho tiempo juntas y tienen alguna que otra discusión. «Nos llevamos regular entre nosotras y en ocasiones la situación se vuelve algo tirante porque tenemos mucho carácter todas. Pero es normal porque somos familia y pasamos muchas horas juntas», comenta Montse.
Estas pequeñas peleas nunca han interferido en el trato con sus clientes, muchos de ellos habituales, a los que siempre han atendido con eficiencia. Montse asegura que con ellos nunca han tenido ningún tipo de problema. «Nos llevamos bien con todos. Sí es cierto que hay que tener mucha paciencia detrás del mostrador», admite.
Mary Carmen dice que algunos de sus empleados sí le ha causado alguna que otra complicación porque «la gente ahora no aguanta trabajando en un sitio como antes, por eso hasta los fijos se van. Este es un problema que sufrirán mis hijas cuando se queden con el negocio». Así, la panadera afirma resignada que, como son las cuatro de casa, trabajan «más que ninguno» de los contratados. «Y todo el peso está siempre encima de nosotras», subraya.
En buenas manos
Las hermanas Veiga ocuparán el puesto de su madre cuando ella se retire. Montse no duda en que se quedará con la panadería y su futuro no lo ve en otro sitio. Mary Carmen, pensando ya en su retiro, afirma que está encantada de que sus hijas sigan la tradición familiar. «Cumplo 64 y para el año lo dejo, pero no es como si lo traspasara a otra gente, lo dejo a mis hijas», declara, satisfecha.