Un peregrino portugués atraviesa la provincia de Lugo en su ruta a pie hasta Jerusalén por «una necesidad espiritual». Espera llegar dentro de unos diez meses
17 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.¿Qué pesa más cuando uno decide convertirse en peregrino, el alma o los pies cansados? La pregunta no pilla desprevenido a Amaro Franco, que el pasado 4 de octubre inició en la localidad portuguesa de Braga una peregrinación que le llevará a través de al menos 14 países hasta llegar a Jerusalén. Un destino que primero dejaba al caminante en Santiago de Compostela, para recobrar fuerzas y reencontrarse con los amigos gallegos, y que hoy le lleva a las tierras de las que saldrá a través de los mágicos bosques de A Fonsagrada con la mirada puesta en Oviedo.,
«A mi me duele más el alma que los pies, aunque estos se cansen. Yo hago el camino a Jerusalén por una necesidad espiritual, para que pueda morir un hombre viejo y nacer otro nuevo. Y mi camino lo tengo que hacer andando», explica Amaro Franco a través de un móvil que le conecta al mundo, y a través del cual llega, sin pudor, una reflexión en voz alta sobre su vida, el mundo y lo que le rodea.
«Hoy yo le pedía a Dios cambiar, para ser mejor, para ayudar a la gente, yo tengo muchos defectos y tengo que limpiarme», dice. Amaro Franco tiene 36 años. Hace seis años abandonó su actividad como empresario de importación y exportación de bebidas y madera para estudiar Teología y convertirse en simple peregrino, y adoptó un sistema de vida que el define como «tener lo mínimo». Así comenzó a caminar, y la primera ruta le llevo a Roma. «Ese camino ya cambió mi vida, mi forma de pensar, de sentir».
Su aventura a Tierra Santa necesita sin embargo no sólo el equipaje espiritual que lleva consigo, sino también los elementos básicos para hacer frente a la lluvia, el frío, la nieve. Precisa reunir en torno a 50.000 euros, más cuando un grupo de empresarios lusos que le apoyaba inicialmente, le dejo colgado dos días antes de iniciar su peregrinaje. «Lo pasé muy mal, pero como dije que haría el camino, aquí estoy. Tengo para comer, no mucho; no tengo botas, porque uno de los empresarios que me iba a apoyar se llevó las mías para tomar las medidas. No se, tal vez Dios quiere que haga este camino así».
Amaro unirá las tres ciudades principales del catolicismo con sus pies. De entrada siguiendo el Camino de Santiago al revés, y esta circunstancia le lleva de nuevo a pensar en voz alta. «Veo mucha gente haciendo el Camino, y me pregunto, ¿que busca esta gente que va hacia Santiago? ¿Por qué corren tanto los peregrinos, por qué hacen etapas tan largas? Yo voy lento para ver si encuentro mi alma; y si corro, mi alma se queda detrás. Lo más lindo es el mensaje, pero lo difícil es pasarlo a la práctica. Ponemos disculpas, el otro es siempre el problema, nunca soy yo. Estaba un poco cansado de echar las culpas a los demás de lo que ocurre en mi vida, y dije, vuelvo al Camino»