Maruja, María y Pilar. Tres mujeres que comparten en común la imborrable huella que deja la pérdida de un marinero, en su caso esposo y padre
02 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El mar que genera riqueza es el mismo mar que, a veces, se convierte en ladrón de almas. Caer en sus aguas es el peor riesgo al que se enfrenta todo marinero. Un marido, un hermano, un padre, un cuñado... Muchas familias de A Mariña han vivido, desde que el hombre es pescador, el infortunio de un naufragio. La última marea. Tres mujeres recuerdan en estas líneas la tragedia que en su día les dejó viudas y que puede ser un espejo para otras mariñanas. María Rico Rego, Maruja le llaman, tiene 54 años. Hace 18, el Llorca Mas llevaba a su marido, el cervense Antonio González. Días después de haber celebrado la comunión de dos de sus tres hijos, la fatalidad de un naufragio. «Nunca recuperaron o cadáver. Desde o 3 ó 12 de novembro estiveron buscando no Gran Sol». Aceptar la idea de la pérdida fue difícil. «Non o crees». «Foi o susto máis grande que tiven... e outro, co meu fillo ó lado de Cangas pero logrou salvarse». Aunque ha reiniciado su vida sentimental, cree que «o tempo non cura»: «Serei unha viuda do mar toda a vida». Si pudiera, dice, habría «sacado o home do mar». Otras historias Pasaron 17 años. Andrés, de Morás, faenaba al bonito y al espada a bordo del Playa de Arrizar cuando perdió la vida. Dejó dos hijos de 6 y 7 años. «Foi saíndo de Vigo, a 19 millas da Illa de Sálvora. O corpo do meu home recuperárono, pero o de seis máis non». María Lestao, burelesa de 57 años, relata su historia emocionada. Espera desde su coche a que comience la ofrenda floral en el puerto de Burela. Ella trae la corona de Cruz Roja. María viene de familia de marineros y conoce este modo de vida. «Meu pai, abuelos, tíos eran mariñeiros. Para min é tan natural que non me causa extrañeza, é normal». Las ausencias prolongadas del cabeza de familia son el «pan nuestro». «Xa intentei que o meu home non fóra ó mar, pero dicía que para oficios de terra non valía». Y lo subraya con la sabiduría de un refrán: «La ambición del dinero hizo al hombre marinero». Pilar Sandomingo es la más joven (34 años) y demasiado pronto, en 1987, vivió en carne propia la amargura de perder a Jaime Louzao (Xove). Año y medio de matrimonio y toda una vida por delante, un niño de un año y una niña por venir. «El enganchou no mar con 19 anos, era a primeira vez, levaba oito días no mar. Non recuperaron o corpo. Preferíno así. Hoxe lembro a súa sonrisa, a súa cara nova. Teño unha lembranza bonita». Tuvo que empezar de cero: «Volvinme a casar pero sempre o teño presente. Non olvidas nada». Y buscó trabajo. «El era o que ganaba o pan». «A fonte das lágrimas nunca seca, nunca. Nun día deprimido é o primeiro que lembras», finaliza, tras la ofrenda floral. Las tres recibieron ayuda económica por una pérdida imborrable. María apunta que «é unha pensión escasa» y que «é unha vergoña que ás viudas por accidente non lles den nin paga extra».