De Sevilla a Cambados para mariscar

Cinco familias aprendieron a recoger moluscos con una mariscadora


Pasadas las doce de la mañana, cinco familias de Sevilla llegaban a la capital del Albariño. No lo hacían precisamente para degustar los vinos de las diferentes bodegas, sino para faenar en el banco marisquero de O Sarrido.

Este grupo de 25 sevillanos llegó a Galicia el pasado martes y se hospeda en una casa de turismo rural en Arzúa. El jueves decidió cruzar la comunidad de norte a sur para adquirir conocimientos del mar a través de una experta. «Lo que más me llamó la atención fue esa especie de serpiente marina que cogió la mariscadora. Pensaba que las lombrices eran del tamaño de un dedo, no de 25 centímetros. También creía que estaban en la superficie de la arena, no metidas en un tubo que ellas mismas construyen», indicó Juan, un menor del grupo. «Es la primera vez que practico esta actividad y me ha encantado. Desconocía el trabajo de las mariscadoras. Pensaba que los berberechos y las almejas estaban en la arena como están las conchas», indicó Beltrán, de 12 años. «Hay que venir a recoger los moluscos con varias herramientas y cavar en la arena», explicaba una sevillana, que alababa el duro trabajo de las mariscadoras. 

Recorrido por la zona

Delante de la Escalinata de Santo Tomé, en Cambados, los esperaba Flora Castro, una mariscadora de 43 años que se dedica a este oficio desde hace casi dos décadas. Ella fue la encargada de enseñarle a al numeroso grupo su labor diaria. A estas familias también las esperaba Pablo Mariño, el gerente de la agencia Bluscus, con la que el grupo contactó para desarrollar esta actividad.

Tras una breve presentación y una ruta por el barrio marinero de Santo Tomé do Mar -uno de los enclaves de la villa de Cambados-, el grupo se dirigió al galpón de Guimatur, la asociación de mujeres del mar a la que pertenece Flora. Allí los recibió la presidenta de este colectivo. Durante el recorrido, risas y dudas. Varias palabras que Flora mencionaba fueron objeto de sorpresa entre los visitantes.

-¿Rañeiro?, ¿qué es eso?, preguntó una sevillana.

-Es una agrupación similar a la nuestra, pero que trabaja a flote, con embarcación, respondió Flora.

Una vez en el local de las mariscadoras tocó cambiar de calzado. Se quitaron las sandalias y por primera vez se pusieron las katiuskas. «Desconozco la comodidad de estas botas. Es la primera vez que me las pongo y la verdad es que me veo muy mona», decía, entre risas, una de las madres de familia. Y es que tocaba dejar el asfalto y pisar la zona intermareal, es decir, el lugar donde la marea alcanza. En este espacio, las mariscadoras de a pie recogen durante todo el año los moluscos. Situación diferente a hace años, cuando la veda para mariscar se abría de octubre a marzo. «Nosotras dependemos de la marea para trabajar. Cada día que pasa se adelanta. De ahí que unos días bajemos a las seis de la mañana y otros a las diez. Una vez capturados los moluscos tenemos que ir al punto del control, después van a la lonja, a continuación al centro de expedición y, por último, al consumidor», explicaba Flora de camino al arenal, quien señalaba las bollas blancas y naranjas que se veían al fondo. «¿Las veis? Pues son las que separaran la zona límite de marisqueo a pie y a flote», aclaraba.

Ya en el arenal, la mariscadora indicó el cupo permitido para la jornada. «Hoy tenemos de cupo dos kilos de almeja fina, dos kilos de berberecho y seis de almeja japónica», explicó Flora, mientras enseñaba al grupo las artes empleadas en la extracción de los moluscos. «No sabíamos que había tantas especies. Aprendimos los distintos tipos de almejas cultivadas y nos enseñaron, a pie de arena, a diferenciar entre la fina, la babosa y la japonesa», explicaba una integrante del grupo.

Casi dos horas duraron estas clases teóricas- prácticas. Tocó volver a la lonja y a las sandalias para continuar la jornada. Fue un día diferente para estas familias de Sevilla. Regresarán a sus casas con unos amplios conocimientos del mar y con una la sensación de haber mariscado.

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