El primer eco del big bang sigue mudo. La señal de las ondas gravitacionales primordiales, los primeros temblores que probarían que el universo experimentó una expansión ultrarrápida y homogénea en el primer instante de su creación, no fue más que un espejismo provocado por el polvo cósmico. Lo que en marzo del pasado año se había presentado de forma preliminar como uno de los mayores descubrimientos de este siglo tendrá que esperar a nuevas y más firmes evidencias, al igual que los físicos Alan Guth y Andrei Linde, que hace más de treinta años propusieron la teoría de la inflación cósmica. El Nobel solo les llegará si se prueba un hallazgo para el que ahora no se han encontrado evidencias.
Esta es la conclusión a la que han llegado dos equipos científicos rivales que han trabajado conjuntamente para tratar de confirmar o desestimar los resultados. Por un lado estaban los propios investigadores del experimento Bicep2, los que el pasado año sobrecogieron a la física con el supuesto hallazgo de las ondas gravitacionales primordiales, unas deformaciones en el espacio tiempo cuya señal aún se espera recibir. Por otro, los científicos del satélite europeo Planck, que ya a finales del pasado año habían alertado de la posibilidad de que los datos del grupo norteamericano hubieran sido perturbados por la presencia de polvo cósmico procedente de nuestra galaxia. Del trabajo en colaboración, que se publica en Physical Review Letters, no queda margen para la duda. «Lo que hemos visto es que la señal captada no es cosmológica. No hay evidencia de que se haya detectado el modo B de polarización y, por ende, las ondas gravitacionales», explica la pontevedresa Belén Barreiro, adscrita al Instituto de Física de Cantabria y que ha participado en el experimento europeo. «Por desgracia, no hemos podido confirmar que la señal es una huella de la inflación cósmica», corrobora Jean-Loup Puget, investigador principal del instrumento HFI del Planck.
¿Qué ha ocurrido? Los científicos norteamericanos, con su telescopio Bicep2 creyeron haber encontrado la huella de las ondas al medir un tipo muy especial de polarización de la luz llamada «en modo B». Las ondas gravitacionales comprimen el espacio a medida que viajan y este fenómeno produce un patrón distinto en el fondo cósmico de microondas, el legado de la primera luz emitida 380.000 años después del big bang, cuando el universo aún era un bebé.
Bicep2
Su telescopio es más sensible que el satélite europeo, pero solo en una determinada frecuencia del espacio, en la que sus modelos les habían indicado que los niveles de polvo cósmico eran bajos, por lo que no influían. Y aquí es donde se produjo el error, ya que Planck, que sí puede estudiar un amplio rango de frecuencias, encontró que la perturbación provocada por la contaminación de polvo y gas de la galaxia era bastante mayor, lo que alteraba el resultado. No había duda, la señal no era constante en distintas frecuencias, lo que significa que no procedía del cosmos primitivo, sino de nuestra joven galaxia.
«Se precipitaron un poco», dice la gallega del proyecto europeo
Si a la supuesta huella captada por el experimento Bicep2 se le elimina la influencia del polvo cósmico solo queda una muy débil señal. Demasiado pequeña como para ser significativa, por lo que, como tal, no se le puede llamar ni detección ni descubrimiento. ¿Significa esto que ni las ondas gravitacionales y la inflación cósmica no existen o, cuando menos, son una teoría sin demostrar? En absoluto.
Los científicos siguen creyendo que la teoría es válida, solo que las pruebas que la certifican no han sido halladas todavía. Habrá que seguir buscando, e incluso es probable que el rango de la señal sea menor que lo que ahora se piensa. Esto es lo que también opina la física gallega Belén Barreiro, que ha participado en el experimento europeo.
«No me creí mucho los resultados iniciales»Belén Barreiro
Barreiro admite que los nuevos resultados no le han sorprendido, ya que desde el principio «no me creía mucho los resultados iniciales». «Pienso que la gente del Bicep2 -dice- igual se precipitó un poco en la interpretación y a la hora de comunicar sus conclusiones. Su experimento es muy bueno, pero tenían que haber esperado a tener más datos sobre el polvo cósmico».
La búsqueda de las ondas gravitacionales continú siendo un reto, un desafío en el que España reclama su parte de protagonismo gracias al proyecto Quijote, un programa de cooperación del Instituto de Física de Cantabria y el Astrofísico de Canarias con las universidades inglesas de Cambridge y Manchester que prevé la instalación en Canarias de un instrumento para la localización de la primera huella del big bang. «A ver si la encontramos nosotros», dice Barreiro.