Los médicos no pueden atender a todas las personas que lo necesitan
02 abr 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Islam Lahuti, de 17 años, muestra las heridas que sufrió. Recibió cinco heridas de bala el primer día que fue apostado en el oeste de Bengasi. «Llegué con una granada de mano hasta unos 20 metros de un tanque, cuando se acercaron en un coche y dispararon con un Kalashnikov», explica. El amigo que se encontraba con él murió.
En el hospital de Al Yalha, los médicos le cosieron la herida del estómago, pero en la pantorrilla derecha no pudieron hacer lo mismo. Por eso, Lahuti espera ahora a ser operado en el extranjero. Aunque en cuanto se recupere quiere volver a la lucha: las heridas no mitigaron la mezcla de imprudencia juvenil y exaltación revolucionaria que impregna a muchos.
Desde que comenzaron los enfrentamientos, los médicos no tienen un minuto libre. De todas partes llegan heridos graves. Mohamed al Swehli es uno de los dos únicos cirujanos vasculares del este de Libia. A su mesa de operaciones llegan pacientes con heridas graves en el torso, las extremidades y el rostro. «Operamos incluso sin esterilización», explica. «Sobre todo falta material como prótesis o anestesia». Si no se consigue rápidamente, el número de amputaciones aumentará sin remedio. Al igual que sus colegas, trabaja más de 16 horas al día.
Entre todos intentan atender a los heridos, pero el hospital está desabastecido. Nujud Omar, médico de cirugía plástica, teme que ante una gran oleada de heridos el hospital quede completamente desbordado. Confía en que las oenegés saquen de Bengasi a los heridos más graves.
Muchos heridos han vuelto a sus casas ante el temor de ser apresados por las tropas de Gadafi si se quedaban en los hospitales. Los centros apenas pueden contactar entre ellos, ya que las comunicaciones telefónicas están interrumpidas. Los médicos ni siquiera tienen una visión aproximada de conjunto de los heridos y víctimas que se está cobrando el conflicto. En las entradas de los centros médicos cuelgan fotos de desaparecidos con números de teléfono, colocadas allí por sus familiares.
«Llegaron algunos cadáveres que no pudimos identificar», explica una de las enfermeras. Su propio hermano, Hamid, está hospitalizado. Formaba parte de la policía política de Gadafi y cambió de bando para luchar con los rebeldes. Un cohete katiusha lo abrasó y perdió la vista. «Allahu akbar», susurra mientras hace el signo de la victoria.