La comunidad sufre un abismo generacional entre líderes como Jesse Jackson y la era posderechos civiles
09 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.La imagen consiguió dar la vuelta al mundo en apenas unos segundos. Jesse Jackson, perro de presa de los derechos civiles, icono de la furia afroamericana y única imagen de la lucha negra durante las pasadas cuatro décadas, rompía en un mar de lágrimas la noche del 4 de noviembre ante el discurso de Barack Obama: «Lo vi llegar con toda su majestuosidad y me imaginé qué estaría pensando la gente de Haití, de África.., qué pensarían al ver a un joven afroamericano coronarse como presidente de EE.?UU.», declaró.
No siempre fue así. Convertido en uno de los principales críticos de Obama, a quien en ocasiones acusó de no ser lo suficientemente negro, las relaciones entre el presidente electo y el mítico reverendo alcanzaron su punto más bajo en julio, cuando Jackson era pillado in fraganti amenazando con castrar al senador de Illinois si no comenzaba a «tratar un poco mejor a sus hermanos negros». Aunque el reverendo pidió disculpas después, tras aclarar que su comentario fue sacado de contexto, la anécdota sirve como ninguna otra para ilustrar el abismo generacional que divide a la comunidad afroamericana atrapada entre las antiguas «políticas negras» de la década de los sesenta y el nuevo planteamiento posderechos civiles ofrecido por Obama. Una realidad que ha llevado al movimiento civil más antiguo de EE.?UU. a replantearse su futuro. «Lo cierto es que no existen políticas para negros o políticas para blancos, sino solo buenas políticas», explicaba hace unos meses a La Voz Michael Washington, responsable de Harlem por Obama. Como él, millones de afroamericanos que nunca vivieron la segregación abrazaron con especial entusiasmo las nuevas «políticas sin color» de un candidato que siempre presumió de querer ser presidente de «todos los estadounidense, gais, negros, blancos o asiáticos».
Discriminación positiva
Este punto de inflexión en las dinámicas raciales lleva a los analistas a plantearse la supervivencia de políticas como la discriminación positiva, que contempla la creación de cuotas específicas para personas de raza negra en empresas, universidades o puestos del Gobierno. El martes, en un referendo que coincidió con las presidenciales, el estado de Nebraska descartó cualquier tipo de preferencia basada en el color de la piel, uniéndose a la opinión de California, Washington y Míchigan.
No obstante, el propio Obama se ha mostrado ambiguo sobre estas ventajas raciales. A la vez que criticó a McCain por rechazarlas, admitió que sus hijas no deberían disfrutar de ellas. Lo cierto es que el que será el 44.º presidente de Estados Unidos nunca se ha referido a planteamientos de raza, sino más bien a cuestiones de estatus social.
Así lo refleja en la revista Atlanti c el periodista Richard D. Kahlenberg, para quien Obama «nunca ha hablado de la criminalidad en los barrios negros, sino de poner más policías en la calle, de bajar los impuestos a los más pobres, pero siempre independientemente de dónde vivan».
Un planteamiento muy parecido al del propio Martin Luther King, quien siempre defendió la creación del Acta para la Defensa de los Desfavorecidos y no un acta para los afroamericanos, pero en total discordia con las ideas de unos líderes civiles que nunca imaginaron que el día que por fin se cumpliera el sueño sería su peor pesadilla.