Ni tanto ni tan poco

Xosé Luís Barreiro

INTERNACIONAL

Los que votaron por Obama no conectaron su triunfo al sueño de Luther King ni a la refundación de Lincoln

07 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Los mismos que hace un mes negaban la posibilidad de un cambio de rumbo en las políticas internas e internacionales de la Casa Blanca se están lanzando ahora a un entusiasmo casi revolucionario que no tiene ningún sentido. Porque los ciudadanos que hicieron posible el triunfo de Barack Obama ni son héroes, ni creen que la nación esté en una grave crisis de identidad, ni estaban redactando titulares que conectasen el momento actual con el sueño de Luther King o con la refundación americana de Abraham Lincoln.

Lo único que están diciendo los electores es que Bush es un desastre, que la guerra no es la única medicina para los males del mundo, que hay que fundar un Estado de bienestar, y que con los aliados hay que cooperar y no meterlos en líos imposibles de resolver.

Con eso es suficiente para proclamar, como hizo Obama, un tiempo de cambio («Change has come tu America»), pero no para hablar de la refundación de América, de una sociedad integrada racialmente por el arte de birlibirloque o de una política exterior que ya no tenga más referencias en el Pentágono que en la Secretaría de Estado.

Movimiento pendular

También hay que decir, por si alguien lo olvida, que este país es impresionante, que tiene una fuerza extraordinaria en su sociedad civil y que no necesita para nada el «doble lifting». Lo único que necesita es dejar de ser gobernado por un iluminado, ignorante y belicista, que tuvo el sueño, otra vez el sueño, de recomponer el mundo a bombazos y que creyó que el señalamiento de un enemigo universal, el terrorismo islamista, iba a ser suficiente para aglutinar a la sociedad americana en torno a sus fiebres patrióticas. Eso (Bush, Rice, Rumsfeld y demás angelitos) es lo que se acabó. Y todo lo demás sigue ahí, pendiente de una reorientación que Barack Obama en ningún caso puede confundir, ni está confundiendo, con un movimiento pendular de máximo riesgo.

A Obama no se le pide que acabe para siempre con el modelo americano, sino que lo reforme y le dé humanidad para hacerlo sostenible. Y esa es, precisamente, la gran dificultad que tiene su Gobierno. Porque le piden una política social, al estilo europeo, sin mermar la leonina competitividad del sistema laboral actual. Porque le piden que reordene las finanzas y la política monetaria sin mermar la condición depredadora de las grandes corporaciones asentadas al sur de Manhattan. Porque le piden que haga una política sanitaria sin molestar a las grandes aseguradoras y a las empresas hospitalarias que ven el drama de la salud como una oportunidad de negocio. Y porque le piden una reforma educativa que salve los muebles del desastre que se avecina en la parte baja del sistema público sin mermar la potencia dominante de las grandes empresas del sistema privado.

Una cosa que no se puede olvidar es que a los americanos les gusta América, y que solo aceptan -al estilo de Lampedusa- cambiar lo necesario para que todo pueda continuar. Y en ese contexto será enormemente importante que nadie, desde dentro o desde fuera, conciba el cambio con un movimiento pendular. Obama puede darle un gran repaso al país y hacerlo más humano y más tratable si no se deja llevar por la épica del cambio. Y para eso es necesario que ni Europa, ni el sistema mediático americano, ni los grupos internos teóricamente beneficiados por este cambio se pasen con armas y bagajes al cambio que antes negaban y que ahora quieren hacer más profundo y acelerado de lo que nadie había imaginado.

Metáfora del momento

Lo que se veía ayer en Washington era como una metáfora del momento. En la colina del Capitolio ya estaban levantando las tribunas que van a servir de escenario para la toma de posesión del presidente negro. Un poco más abajo, en dirección al Obelisco, se veía la fría arquitectura ministerial del país más rico del mundo, con un trajín de funcionarios que hace imposible creer que Washington es una de las seis urbes de mayoría negra que existen en Estados Unidos.

Entre el Obelisco y el Lincoln Memorial paseaban muchas familias que les enseñaban a sus hijos el lugar en el que Luther King había revelado el sueño que ahora parece cumplirse. Y ya al final, el Lincoln Memorial recordaba que este gran país siempre encuentra un gran presidente para cada una de sus grandes crisis.

Pero al otro lado del río, donde ya empieza el estado de Virginia, están Arlington y el Pentágono para recordar que la guerra sigue siendo consustancial a la historia del país y que todas las familias siguen considerando un gran honor tener una o varias lápidas en las colinas heredadas del general Lee, donde la épica militar de sus ceremonias nunca explica las causas de las guerras ni sus lamentables consecuencias.