Cuenta Joseph Biden en su biografía que la primera vez que se dio cuenta de su incontinencia verbal cuando tenía apenas 7 años «aprendí una palabra y la repetí todo el día». Dotado desde entonces de una lengua tan afilada como su sentido del humor, el nuevo compañero de Barack es conocido además en EE.UU. por encarnar como ningún otro político el llamado «sueño americano».
Criado en el estado de Delaware del que más tarde se haría senador, este hijo de un vendedor de coches no había cumplido todavía los 30 cuando fue elegido para trabajar en Washington. Erigido así como uno de los representantes más jóvenes en entrar en el Capitolio, Biden apenas pudo disfrutar de este éxito después de que su mujer y su hija pequeña murieran en un accidente de coche al poco tiempo de tomar posesión de su cargo.
A pesar de que el candidato conseguiría más tarde rehacer su vida junto a su actual mujer esta tragedia le impediría volver a viajar por carretera durante décadas. Enfrentando también a una neurisma cerebral que casi acaba con su vida en 1988, unos meses antes el senador había visto como sus sueños presidenciales se esfumaban tras ser pillado plagiando un discurso del líder laborista británico Neil Kinnot.
Tras la publicación de unos informes que aseguraban que su gusto por tomar frases ajenas se remontaba a su época de universitario, donde fue suspendido después de copiar un ensayo de Robert Kennedy y presentarlo como propio, el político decidía centrarse en su carrera como legislador y abandonar su lucha por el despacho oval.
Una decisión que le acabaría recompensado tras ser elegido como uno de los mejores senadores . Curtido en los pasillos de un Congreso por el que ha visto pasar a siete presidentes, su puesto al frente del Comité de Asuntos Exteriores del Senado le convertía en un experto en materias tan distintas como la crisis de Dafur, la guerra de Irak (cuyo territorio ha visita al menos 12 veces) o la problemática del Cáucaso (donde ejerció de abanderado al cargo de Bill Clinton).
«Rara avis» en un mundo al que solo se entra por la puerta VIP de los multimillonarios, Biden es también uno de los pocos candidatos que puede presumir de haber tenido que vender su casa para pagar los estudios de sus hijos, una circunstancia que lo sitúa como el perfecto vicepresidente capaz de sintonizar con el temido voto obrero todavía resistente a dejarse atrapar por el fenómeno Obama. Por encima de todo Biden es el vecino de al lado, el hombre normal y corriente.