Los valores encontrados de Iglesia y laicismo derivan en controversias sobre el divorcio y el aborto, pero para los italianos la familia está por encima de todo
10 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Italia es un país con dos almas. Una católica, tradicional y nacionalista. La otra laica, liberal y europeísta. Una sociedad dividida entre la influyente presencia de la Iglesia y la aspiración a ser un Estado laico que mire hacia Europa y no al otro lado del Tíber. Cualquier motivo es bueno para que se desate la controversia entre los defensores de los valores católicos y los de los laicos. La polémica sobre la invitación al Papa para inaugurar el curso en la Universidad romana La Sapienza ha sido uno de los últimos episodios.
Desaparecida la Democracia Cristiana tras 45 años en el poder, la influencia del Vaticano en la vida política y social no por ello se ha resentido. Otros métodos y otros partidos, pero en el fondo lo mismo. La petición de abstención en el referendo sobre la fecundación asistida fue una buena muestra.
En estas elecciones de los días 13 y 14, la Conferencia Episcopal ha querido mostrarse neutral, aunque dejando claro que hay valores que «no son negociables». Su secretario, monseñor Giuseppe Betori, pidió a los electores que voten según el «patrimonio humano de valores cristianos» como la defensa de la vida y de la familia «basada en el matrimonio». Respuesta al intento de Silvio Berlusconi de involucrar al ex presidente de la CEI, cardenal Ruini, a su favor.
En un país en el que cada cuatro minutos hay una separación, el número de matrimonios civiles aumenta mientras disminuyen los religiosos, y cada vez más niños nacen fuera de las parejas legales, la familia tradicional basada en el matrimonio resulta una quimera en la que pocos creen aunque todos la defiendan. Sobre todo los políticos de centroderecha, casados, divorciados y convivientes.
Aunque el Partido Democrático de Walter Veltroni, presionado por el sector laico, apoya tímidamente en su programa las uniones civiles, el tema pasa en sordina en la campaña.
La posibilidad de reforma de la ley de aborto sí que ha encrespado los ánimos. La candidatura del periodista Giuliano Ferrara, que pide una moratoria de la norma, ha puesto en pie de guerra a las mujeres, a las feministas como Emma Bonino que en su día lucharon por la ley, y a las jóvenes de hoy que contestan cada tarde los mítines de Ferrara.
Para los italianos, la familia es algo sagrado y gracias a ella se pueden suplir las grandes carencias del Estado. La escasez de guarderías y de asistencia a los ancianos y a los enfermos se suple con la red familiar en la que colaboran miles de extranjeras que se han convertido en indispensables.
Cuotas para extranjeros
La ley de emigración del Gobierno Bersluconi, que estableció cuotas para la entrada de trabajadores extranjeros, ha provocado el aumento de los sin papeles .
Cuando la alcaldesa de Milán, Letizia Moratti, decidió no aceptar la escolarización de los hijos de emigrantes indocumentados, el primero en protestar fue el arzobispo Dionigi Tettamanzi, quien calificó de «no cristiana» la decisión.
En el rico norte se vive un sentimiento contradictorio hacia el emigrante, necesario para mantener el alto nivel de vida, pero molesto como vecino. Los muros de Padua son un ejemplo, mientras la Liga Norte de Umberto Bossi arremete lo mismo contra el extranjero que contra «Roma ladrona».
El sur es otra cosa. Pobre y más cercano a África que a Europa, los jóvenes se debaten entre el paro y las mafias. Los miles de millones invertidos durante décadas por el Estado han terminado en manos de políticos sin escrúpulos, empresarios estafadores y mafiosos. La crisis económica ha hecho renacer la emigración, aunque ahora sean profesores, abogados y médicos los que huyen al norte.