Nicolas Sarkozy, ante su bajón de popularidad en las encuestas desde comienzos de año y un riesgo de contagio para las listas de su partido, UMP, prefirió quedar en un segundo plano durante la campaña, mientras la oposición socialista intentaba capitalizar ese descontento y la inquietud por el poder adquisitivo.
La caída de los índices de popularidad de Sarkozy comenzó en octubre del año pasado, pero se precipitó a comienzos de enero pasado, cuando reconoció su impotencia para responder a una de las principales preocupaciones de los franceses, la pérdida del poder adquisitivo.
El presidente había hecho de la mejora del poder adquisitivo de los franceses uno de los temas centrales de su campaña electoral. El gusto explícito por el lujo y el exhibicionismo de la vida privada del jefe del Estado francés, sobre todo su publicitado divorcio y, tres meses más tarde, su matrimonio con la cantante y ex modelo Carla Bruni, terminaron por disgustar a muchos de sus compatriotas. De hecho, las andanzas del presidente con la ex modelo y cantante y su continúa exhibición en los medios no acaban de gustar demasiado a la opinión pública gala.
Sarkozy ha reafirmado su confianza en el primer ministro, François Fillon, para desestimar los rumores de divergencias entre los dos hombres.
La popularidad de Fillon, que cultiva una imagen discreta, ha ido aumentando a medida que la del presidente se precipitaba hacia abajo. Solo un francés de cada tres aprueba actualmente la gestión del mandatario, según un reciente sondeo.
La UMP, que dirige más o menos un 55% de las 230 ciudades de más de 30.000 habitantes, insistió en que las elecciones municipales están determinadas más por «cuestiones locales» que por la política nacional, en una tentativa de restar importancia a un eventual voto de sanción contra el, por ahora, decaído Sarkozy.