El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existe. La reflexión se hizo palabra gracias a Baudelaire. Después se hizo cine en Sospechosos habituales . Y más tarde se hizo carne en Radovan Karadzic. Más bien en el surgimiento y en la posterior desaparición de Radovan Karadzic. Primero disfrazó sus matanzas con ideas políticas. Después se esfumó, como si nunca hubiera existido. Como un tornado que se pierde en el horizonte y solo deja atrás su desolación. Adoptó la condición más temible para las víctimas. Se convirtió en un fantasma. En dos palabras sin certeza. En ese pasado que siempre vuelve porque no está cerrado.
Karadzic. El diablo que prende el infierno, de donde nacen nuevos demonios sedientos de sangre. El que se creyó con derecho a matar a sus vecinos y se consagró como un asesino superior. Fue la semilla de un término tan maldito como manido. La balcanización.
Karadzic. Srebrenica. Limpieza étnica. La pesadilla africana importada a una Europa que se presumía cicatrizada y curada de espantos, pero que volvió a mostrarse sangrante e incurable. Otra vez el abismo de los odios. El incendio. Como en África. Pero sin machetes, con armamento moderno. Civilizadamente. Sistemáticamente. Esto es Europa. Paisajes nada exóticos alfombrados con cadáveres de rasgos occidentales. Nuevas fosas comunes. El terror a la vuelta de la esquina. Irreal de tan cercano. Perseverante. Cotidiano. Repetido en periódicos e informativos. Desgastado ya para conmover a la otra Europa, donde esas cosas ya no pasan. Qué va. Aquí no.
Karadzic. Mil crímenes comprimidos y agazapados detrás de una barba. Y de unas gafas. Y de nuevas mentiras para tapar viejos pecados. Pero ya no es un fantasma. Bienvenido sea al mundo real. A la cárcel. A la sombra. Allí de donde nunca debiera haber salido. Allí donde Europa nunca debe regresar.