Aveces, los programas más banales, cuya vocación es exclusivamente la del entretenimiento, son capaces de dar lecciones que no extraeremos jamás de un informativo. Ocurre pocas veces, pero ocurre. En un momento en el que los reality shows pueden recibir cualquier adjetivo menos el de reales, pone la piel de gallina asistir a un instante sin premeditación ni artificio. Nagore, una exconcursante de Gran Hermano, y Sofía Cristo, hija de Bárbara Rey, confesaron su pasión en Acorralados, sin que nada estuviera previsto y como acaban confesándolo dos niños en el colegio, con la mano tratando de disimular la evidencia del rostro, y por la indiscreción de un tercero. La naturalidad con la que lo hicieron, el sentimiento que desprendían las miradas y esa vergüenza, ese rubor tan ausente en este tipo de programas, me recordó que el amor verdadero siempre viene con un brillo especial en los ojos. Da igual que sea entre chico y chica, entre chico y chico, o entre chica y chica. Por más que la teoría nos hable de derechos, no hay mejor demostración de normalidad que asistir a una declaración de amor entre dos mujeres y que no haya ni una sola risilla maliciosa que haga los coros. Y eso, para las y los que aún viven atemorizados por el qué dirán, que son todavía muchos, es el mejor de los estímulos. Mucho más que un carnaval con carrozas.