Crónica de un dolor asistido, la diferencia entre la paz y la tragedia
16 ene 2011 . Actualizado a las 07:00 h.El hogar de H. es cálido, agradable. La sensación no proviene de la calefacción, sino de los muebles, los libros, las figuras de Sargadelos que inundan la vivienda, los cuadros y grabados, las fotos... Es un hogar que contiene varias vidas esculpidas en pequeños y grandes detalles que han ido alicatando el piso hasta hacerlo lo que es: un hogar cálido que huele bien porque no huele a nada. Entramos con el doctor Fernando Lamelo, 17 años en hospitalización a domicilio, que habla con dos de las hijas de H. sobre cómo ha pasado la noche. Y ellas explican. Ha dormido bien, sin medicación. Consumió muy pronto la bolsa de suero. La tarde había sido peor, pero luego volvió a conocer a sus hijas, a colaborar en el aseo, mínimo, esencial y durmió.
H. está en su luminosa habitación, en cama. Tiene el pelo blanco, pulcramente atusado, y los ojos abiertos con una mirada cansada. Su hija le coge la mano, el doctor le pregunta y ella lo mira:
?¿Tiene dolor?
H. dice que no con la cabeza.
?¿Qué tal la cuidan?
Y la abuela aún tiene humor para hacer una mueca que provoca sonrisas en los tres.
H. tiene 72 años y está viviendo sus últimas horas.
«¡Ay, miña casiña!»
«Fue lo mejor que pudimos hacer, venirnos para casa», explica Ana, una de las dos hijas de H. El lunes, estaban todos en el hospital, destrozados, inquietos y temerosos de la propuesta del servicio: volver a casa. «Teníamos miedo de no saber atenderla», explica. Pero en el momento de la visita, el pasado jueves, nadie tenía dudas de lo acertado del paso. «La primera, mi madre», dice Ana, evocando el alivio con el que H. acogió la noticia de que se iban del hospital:
«La salida fue dura ?recuerda?. No fue como otras veces. Era irnos para no volver; una despedida. Pero cuando mi madre entró en casa, se emocionó». «¡Ay, miña casiña, miña casiña!», decía H. el lunes.
El martes, se confirmaron los temores por medio de un incidente que se vieron incapaces de resolver. Y H. ya preguntaba, temerosa, si tendrían que volver al hospital. Pero no fue necesario. En diez minutos, la enfermera de turno se presentó en casa y solventó el problema. Todo volvió a la calma.
Cosas que hay que saber
Sus hijas explican cómo H. superó un cáncer que le diagnosticaron en 1998. Vivió ocho años sin mayores complicaciones hasta que el mal volvió, esta vez de forma incontenible: «Han sido dos años y medio con un tratamiento continuo». Hace unos días, H. fue intervenida de nuevo por una oclusión intestinal, que acabó por confirmar lo avanzado de la situación.
¿Cuánto sabe ella sobre su enfermedad, sobre su pronóstico? Probablemente todo. Al fin y al cabo, H. ha sumado muchos años de lucha contra el cáncer: ciclos de quimio, operaciones, analíticas, consultas... «A veces llegamos demasiado tarde», reflexiona en el salón el doctor Lamelo: «Si hubiéramos empezado veinte días antes hubiéramos aplicado una intervención distinta». Lamelo, como sus compañeros de servicio, son médicos especiales, que tratan al paciente y a la familia, que armonizan un proceso para el que nadie está preparado.
El médico les ha explicado algunos detalles sobre lo que va a ocurrir. Las hijas de H. saben que el suero evita que su madre sienta sed, pero al mismo tiempo está prolongando la agonía. Saben también que su madre sufrirá tal vez algunas apneas que hay que saber interpretar. Han aprendido a administrar la medicación, ahora reducida a un solo fármaco más allá de la morfina. La muerte se espera en paz.
Durante los últimos cuatro días, H. tuvo la oportunidad de recuperar calidad a una vida que se le escapaba en una habitación de hospital. Sus hijas la atienden ahora en zapatillas. A lo largo del día desfilarán por el domicilio el resto de sus hijos, algunos de sus nietos. Todos estarán cerca cuando H. se duerma por última vez, después de haber tenido la oportunidad de cerrar todas sus ventanas, de despedirse de todos en el hogar donde depositó la mayor parte de sus ilusiones y donde, sin duda, hubiera deseado decir adiós.