El lejano Oeste empieza en Quireza

CERDEDO

No hace falta viajar a Tejas tras los pasos de John Ford. Quireza tiene vacas bravas, vaqueros curtidos, paisajes de película y hasta su propio «saloon»

27 mar 2010 . Actualizado a las 21:34 h.

Quireza es una parroquia de Cerdedo con apenas 500 habitantes. Tiene un saloon, vaqueros curtidos en el rodeo del día a día y 350 vacas salvajes que viven en libertad en el Monte da Conla. El sheriff es Celestino Silva, que preside la Asociación de gandeiros de Quireza y regenta la taberna de la aldea. Los obreros que construyeron el local lo bautizaron como Saloon del Sheriff. Le dieron a Tino la placa y le grabaron a fuego su mote juvenil. Él no se considera la máxima autoridad, pero está orgulloso de tener un saloon y de servir whisky a los vaqueros cuando su empresa de excavaciones le deja tiempo.

Celestino y casi todos sus vecinos son vaqueros a tiempo parcial. La ganadería extensiva no da para hacerse rico, pero es una fuente de ingresos más que ayuda a llegar a fin de mes. Unas familias lo consiguen mejor que otras. Hay quien va tirando y hay quien tiene un galpón con varios todoterrenos y una libreta bancaria con bastantes dígitos más que una nómina corriente. Este no es el rural de Las Hurdes ni el de la anciana con pañoleta. Es el de unos pocos que apuestan por sus raíces sin envidiar en absoluto la jungla de asfalto. «A mocidade sigue tirando para a cidade e aquí somos cada vez menos, pero algún xa vai vindo de volta», explica Celestino Silva. El sheriff es optimista respecto al futuro de las pequeñas poblaciones rurales del interior gallego. Asegura que «algo de traballo hai» y está convencido de que puede haber mucho más todavía con un giro de 180 grados que permita convertir las debilidades en fortalezas. Hay que desterrar la maleza que alimenta éxodos e incendios y apostar por el monte como fuente de ingresos.

Por el momento, la única actividad local que mantiene las silvas a raya es la ganadería extensiva y la tímida incursión de senderistas, quads y ciclistas en BTT.

Las vacas son salvajes, pero no mostrencas. Durante la mayor parte del año peinan los montes a su aire procurándose alimento. Cada cierto tiempo, sus propietarios las buscan para controlar su estado, realizar las labores de saneamiento y extraer las crías que terminan su engorde en cebaderos y se venden a carnicerías y mataderos. Es entonces cuando el Monte da Conla ofrece el mismo aspecto que el escenario de un anuncio de Marlboro. Los vaqueros ascienden a caballo y conducen a los animales hacia una zona vallada que llaman O Pastizal. Allí les dan jugosas pacas y los someten a los controles veterinarios pertinentes.

Muchos conocen a los animales de lejos y por sus nombres: Toura, Cornabaixa, Rubia... El resto, por el número del crotal. A veces cuesta reconocerlos. Este invierno ha sido duro y no queda una brizna de hierba. El monte está casi muerto, las crías escasean y las vacas acusan una delgadez extrema. Puede que incluso algunas hayan muerto. Es importante localizar todo el ganado y tomar medidas para devolverlo a su hábitat un poco más fuerte.

Los tiempos han cambiado. Los jinetes y los vaqueros de a pie se apoyan con algún vehículo con tracción a las cuatro ruedas. Pero la esencia del manejo sigue siendo la misma. «É un traballo duro e, como calquera outra profesión, hai que levarlle algo de idea», explica Celestino Silva. El sheriff nunca ha atrapado un animal con un lazo ni se ve a sí mismo con un sombrero a lo John Wayne. Sin embargo, asegura que el trabajo es bastante parecido a los de los vaqueros de las películas del Oeste. «Solo que a rama de pistoleros non a temos», advierte.